Ya no hay crisis. Esto es lo que todos queremos oír desde hace mucho tiempo, pero parece que nadie se atreve a decirlo. Pero ¿por qué no? Al fin y al cabo, hay mucha gente en todo el mundo que está enriqueciéndose, países que crecen. Todos los entendidos saben y propagan que ya nada será como antes, como cuando América y Europa crecían mucho mucho y sus ciudadanos vivían un sueño de riqueza. Dicen que de eso nada, que tendremos que conformarnos con menos. Pues esto que hay ahora en muchos sitios es menos, o sea, hemos llegado adonde íbamos. Ya no hay crisis.

Supongamos que tengo razón. El resultado del shock producido por tantos meses de crisis, paro y decrecimiento es la sumisión de todos los gobiernos del planeta a los llamados mercados. Estos mercados son los que dan el dinero para poder llevar a cabo las políticas de atención a los ciudadanos, así que podemos decir que todos los gobiernos –y todos los ciudadanos- estamos en sus manos. Los mercados son gente, claro está. Empresas que manejan el mucho o poco dinero de otros ciudadanos que invierten en uno o en otro país. Por eso, no podemos decir que sólo son ricachones, aunque los ricachones también están en este club. Hay gente de los que dicen que sufren la crisis (ya sabes: los de siempre) que tienen sus pequeños ahorros invertidos en agencias de inversión que luego resulta que son los mercados. Los malos. Esto es la globalización. Uno lucha contra la dictadura de los mercados y alza su voz contra la falta de corazón del capitalismo mientras sus padres tienen sus cinco mil euros ahorrados puestos a plazo fijo en ese capitalismo abominable. ¿Quién entiende esto?

El caso es que los políticos de todas partes acuden a la cumbre de Davos y de rodillas suplican un poco de atención, un poco de dinero, un poco de confianza. Los hombres de Davos les dan su bota a besar y les prometen una migaja siempre y cuando se olviden de cuidar a los funcionarios, de mantener a tanto desempleado de sopa boba, de alimentar a jubilados, de curar a todos todos los enfermos. Que se olviden de aquel estado llamado del bienestar.

Y los gobernantes caen, suben, se salvan por los pelos, pierden por la mínima. Cada uno es un mundo.

Esta es la verdadera revolución. El mundo es otro. Los países ricos ya no lo son. Son los países de los ricos. Pero también hay ricos en los otros países: en China, en India, en Turquía, en Brasil. Ya no hay países. Los ciudadanos de todos los países han perdido su riqueza, su seguridad de pensión o de medicina. Eso de cobrar impuestos para alimentar jubilados ya no puede ser. Déjenme todo mi dinero, esa es la consigna de la revolución en marcha.

No hay estrategias ni hay conjuras: han ganado ya. El mundo es suyo. Cuando oyeron aquello del Otro mundo es posible se dijeron que sí y han aprovechado la crisis financiera para dar el golpe final. La revolución ha triunfado. Déjenme todo mi dinero. Los demás, que se queden con las oportunidades.

Hemos perdido sin darnos ni cuenta.

Categorías: Actualidad

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *