Muy a menudo leemos que alguien, quizá una persona de nuestra admiración, se lamenta de que los valores del mundo actual no son ya tan buenos como los que fueron la guía en los años de su juventud. No hablo del hombre o la mujer que repite la frase totémica “si tú hubieras tenido que pasar por lo que yo pase…” en cualquiera de sus versiones. Hablo de personas con criterio profundo, con capacidad demostrada de analizar la sociedad, la historia y a las personas. Acaba de morir Ernesto Sábato y he visto en un documental sobre su figura que en los últimos años hacía una reivindicación de los valores que ya se han perdido. De eso estoy hablando.

Y como Sábato, también Stéphane Hessel, hasta ahora desconocido para mí –y para otros miles-, publica un folleto en el que invita a los jóvenes de hoy a indignarse con el único argumento de que los jóvenes de su generación, allá por los años cuarenta, se indignaron contra una situación de injusticia social. Claro que esa situación era nada menos que la invasión de su país por una potencia extranjera y fascista.

En esa reivindicación de los viejos valores hay siempre un reproche contra los jóvenes, una acusación de falta de valores. Y se hace responsables de eso solo a esos jóvenes, abandonados a una holganza general, a una despreocupación infinita por los asuntos sociales o colectivos. Nunc a me ha gustado eso, porque percibo una trampa en el reproche. Si se reprocha a los jóvenes que no son capaces de hacer las hazañas que sus padres acometieron, se les deja sin defensa posible, porque nunca se verán enfrentados a esas hazañas. Hoy en España se echa en cara a un joven que no colabora tanto en la sociedad como sus padres lo hicieron en los últimos años de Franco o en los primeros de la democracia. Pero es que ese joven no puede ya hacer eso por razones obvias. Así que se le reprocha que no haga algo que es imposible que haga. Respuesta del joven: se aleja del reproche y sigue a lo suyo, ahora con más razón para no hacer lo que se le pide.

Hessel pide a los jóvenes que se indignen ante injusticias del presente. Da por sentado que los jóvenes no se indignan. Quiere que se demuestre esa indignación más vivamente. Y se pone como ejemplo a sí mismo y a sus contemporáneos. Pero él mismo nos dice que ha luchado para salvaguardar la libertad de su país y para dotar a sus ciudadanos de un bienestar económico y de una tranquilidad vital. O sea, ha hecho que sus hijos, y más aún sus nietos, vivan en la despreocupación por la libertad y por la pobreza. Ahora esos nietos ven que se pierden algunas de las conquistas conseguidas. ¿Hay razones para indignarse? Sin duda hay muchas. Pero quizá no sea lo mejor pedir la indignación de los jóvenes argumentando que hace tiempo otros jóvenes se indignaron por algo completamente distintos y por eso mismo son mejores que los de hoy. No quiero aceptar la comparación.

A lo que me he negado siempre es a admitir que una generación sea especialmente incompetente o negada o dormida. Eso tiene que ser falso. Los jóvenes son rebeldes porque esa es su esencia; los jóvenes son jóvenes porque son rebeldes y viceversa. ¿Nos hemos parado a observar cómo son rebeldes los jóvenes europeos hoy? Su apatía, su afición a la diversión momentánea y colectiva, su entrega al consumo de prendas, comidas, músicas o costumbres prêt-à-porter, ¿no son en realidad su indignación, su respuesta frente a un mundo que los aparta de la toma de decisiones, les niega la posibilidad de lucha por algo mejor porque se les da lo mejor, y les reprocha que no sean tan buenos como sus padres? Yo creo que también me daría al botellón si fuera un muchacho. Sería mi muestra de indignación, mi manifestación de rechazo ante cómo se les trata.

La reivindicación de los viejos valores es tramposa: aquellos viejos valores también fueron nuevos y también incomprendidos por la generación anterior. Lo que sucede es que un hombre de setenta años no puede entender cuáles son los valores de los jóvenes de veinte. Y restregarles por la cara lo buenos que éramos entonces no hace sino ahondar la separación.

Y si los jóvenes europeos no se indignan como nos gustaría, será quizá porque los que los han formado, los han criado, los han educado, han fracasado y los han convertido en algo muy parecido a los habitantes de del mundo orwelliano de 1984.

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