En Europa ya apenas quedan territorios (no digo ya países) con gobiernos de partidos socialdemócratas o socialistas. El mandato de B. Obama está siendo muy cuestionado y no tiene fácil la reelección después de sus cuatro primeros años de gobierno. Los responsables de los partidos de la izquierda europea se miran unos a otros con sonrisa forzada, preguntándose qué es lo que pasa y si esto tendrá algún día su fin. Pero lo que les preocupa en el fondo es solamente llegar a tener un gobierno entre las manos, no aquello tan profundo de transformar la sociedad.

La sociedad ya se ha transformado. Parece que las sociedades que conocimos en los años ochenta y noventa eran la utopía socialdemócrata en la tierra. Pero han llegado ellos, los hijos de Reagan-Thatcher, y han acabado con el bello sueño. Ya no se puede aspirar a eso. Y lo han hecho imposible con sus mercados y sus agencias de calificación de riesgos. Un país no es más que una empresa muy grande, que pide dinero a los bancos para financiar su actividad y lo va pagando poco a poco. Como cualquier empresa. Y si se puede lanzar una OPA hostil contra una empresa, ahora también se lanzan contra un país. Y no hay intocables.

Así que, si las sociedades del bienestar eran el objetivo, como son algo del pasado ya nadie las quiere. Todos quieren seguir hacia adelante, lo de pagar impuestos para tener buenos servicios es algo obsoleto, caduco, dicen los modernos derechistas. Y los pocos gobiernos de izquierda que quedan no hacen otra cosa más que destruir el estado del bienestar y construir el paraíso de los inversores privados. Si siguen hablando de los servicios y los impuestos, suenan a rancio; si hacen lo que se les manda, suenan modernos, pero nadie les cree: para eso ya están los otros que lo van a hacer mejor. Ningún obrero puede identificarse con el mensaje de los partidos socialdemócratas si éstos hacen (y piensan) lo que mandan los mercados. Olvidémonos de la identificación de una clase con una ideología. De eso ya no queda nada. Ni quedará.

Y entre tanto, los líderes izquierdistas se preguntan cómo re-crear la izquierda. Pero no salen de los clichés viejos: el progresismo, el feminismo, las conquistas sociales. Eso lo dicen en los congresos, pero no lo meten en sus programas porque ahora resulta que suena a viejo, a rancio, a caduco.

Pero no tienen recambio ideológico. Esperemos que no tarden en darse cuenta y presten oídos a las nuevas voces y ojos a los cambios sociales.

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