Cuando nací, mis padres decidieron que ingresara en la iglesia católica. Era lo habitual en España en aquellos años y sigue siendo sin duda lo más frecuente. Desde entonces recibí una educación religiosa dentro del seno de ese grupo, sin que pudiera tener opción a otras posibilidades. Tampoco un niño quiere tener opciones de ese tipo, desde luego.

Siendo aún muy joven, comencé de manera natural a preguntarme algunas de las cosas que, siendo básicas para los integrantes de la iglesia católica, se daban por verdades incuestionables, aunque de ninguna manera podían tener explicación racional. Y no me refiero a los dogmas, que tardé más en conocer como tales y más aún en comprender que son la sublimación de lo irracional. Me refiero nociones más sencillas: ¿cómo adquiere la posibilidad de entrar en el reino de los cielos alguien a quien no le enseñan la fe católica?, ¿cómo podríamos superar en verdad a los creyentes de otras iglesias o creencias cuando defienden ellos la verdad de sus dioses y principios?, ¿cómo era posible que creyentes católicos tuvieran conductas a todas luces perversas, como los ladrones o los asesinos, sin dejar de sentir viva su fe?

Como muchos amigos míos, abandoné poco a poco la fe católica. Primero se pierde energía en la práctica de los rituales semanales: la eucaristía, la confesión, la comunión. Luego se desatienden los mensajes pastorales. Por último, se aleja el camino del camino católico y comienzan las críticas más fundadas, más filosóficas. Abandoné a la par mi fe cristiana y mi confianza en la presencia de algún dios que tuviera alguna influencia en la vida humana.

Pero nunca he abandonado algunos principios morales, aceptables por lo demás por cualquier persona de cualquier época, como el deber de la solidaridad, el respeto mutuo, la veneración al grupo familiar (aunque ya no con las características típicas del catecismo: cualquier forma familiar es una familia), y otras por ese estilo.

No llegué a la confirmación, pero aún no he llegado a la apostasía.

Y ahora, absolutamente fuera de los preceptos católicos, observo con estupor el comportamiento de la iglesia católica en todas sus sub-iglesias. Han pasado los años, las décadas y las generaciones y ellos siguen igual que siempre. El mundo no se parece en nada al mundo de mi infancia, pero su postura ante ese mundo es la misma de entonces. Me niego a admitir ya que un grupo religioso tan influyente siga teniendo la perversa pretensión de dirigir moralmente, o sea políticamente, a toda una sociedad. ¿Cómo pueden seguir hablando de qué es lo bueno o lo malo en las conductas humanas, dirigiéndose a todos en términos preceptivos, y no a los miembros de su grupo en términos admonitorios?

Y también está esa arrogancia… Fuera de su grupo no hay una conducta plausible. Pero ¿cómo seguir escuchándolos sin sentir una náusea?

Y no puedo olvidar que todas sus censuras morales se dirigen a aquello que causa placer, especialmente la práctica sexual libre y entendida como placentera de por sí.

La clave del engaño es la confusión entre iglesias y creencias, pemítaseme la paráfrasis de Ortega. Los católicos siguen identificando la iglesia con la creencia, como si fuera de la iglesia también estuviera uno fuera de la creencia. ¡Qué gran mentira! Ellos llaman a su grupo la Iglesia, de la manera en que los miembros de determinadas organizaciones las llaman la Casa, o los afiliados a ciertos partidos se refieren a éstos como el Partido. Es una manera falaz de apropiarse de todo el espacio. Los católicos celebran encuentros de sus bases juveniles y los denominan con descaro Jornadas Mundiales de la Juventud, pero no dicen que son encuentros de la juventud católica.

La creencia es individual. Bien es cierto que se adquiere en el grupo, pero que se moldea con la experiencia, con la reflexión personal. La creencia puede ser compartida con otros y a la vez puede llevar al creyente a actuar en su grupo en un sentido concreto. Pero la creencia acompaña al individuo. Si este individuo entra o sale de un grupo, su creencia va con él. El grupo (la iglesia) funciona como educador y como apoyo del creyente. Esa es su función. También es su función la de aconsejar al creyente miembro conductas en la vida cotidiana, pautas morales. Pero no debe ser su misión la de convencer al miembro de que fuera del grupo religioso no existe la creencia o las creencias que están fuera son equivocadas. Admiro a los grupos religiosos que no pretenden imponerse como únicos verdaderos, que admiten la libertad de creencia de cada individuo sin expulsarlo de su paraíso o de su catálogo de seres admisibles. Un ejemplo antiguo son los griegos clásicos, envueltos en permanentes guerras unos contra otros, pero jamás por motivos religiosos. Los católicos condenan al ostracismo a un sacerdote que deja de serlo, a una pareja que decide romper su matrimonio (aunque sea para dejar de sufrir), a una mujer que decide abortar un embarazo sin que valga ninguna razón; y sin embargo no se plantea ese ostracismo con católicos responsables de genocidios, dictadores asesinos o explotadores conocidos. Parece que unos preceptos morales valen más que otros en la iglesia católica.

Para mí, la creencia está por encima de la iglesia, igual que la ideología política está por encima del partido. El creyente me resulta mucho más interesante que la iglesia, que no me interesa nada. Me acerco al creyente pero me alejo de la iglesia. Yo, que tengo tan poco de creyente, aborrezco definitivamente a la iglesia.

¿Veremos el día en el que la iglesia católica abandone su descarada arrogancia y acepte que los hombres también podemos ser libres?

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