El corazón del mundo

Amigos no los hay, compañeros tan sólo.

Los dulces recorridos por callejas de casas,

son hoy rutas que cumplen hediondos autobuses

en los que silenciosas van bocas y van almas.

Y por las noches, solo, en la calma del pobre

cuarto en el que descansa, un único consuelo

a su tristeza encuentra: en un plano recorre

el pueblo y la montaña y el río con los dedos.

Mientras que el sueño sube desde el pecho a los ojos,

todas las noches gasta su ensueño viendo el río

y su cansino paso junto a los robledales

y oliendo en la montaña la flor del malvavisco.

Cadáveres en la espuma

Esta mañana, que era una mañana

limpia y fresca de junio,

las olas han traído a nuestra playa

un cargamento triste de hombres muertos.

No los hemos mirado, hemos querido

no ver si estaban o no estaban

ni saber quiénes eran o cómo se llamaron.

Hemos vuelto los rostros

mirando inútilmente a la montaña

-al menos es nuestra montaña-.

Pero de abajo, de la playa, están llegando

los lamentos, las súplicas de auxilio.

Y algunos de nosotros ya hemos decidido

que quizá lo mejor sea marcharse

donde no sea preciso escuchar cada día

a los muertos que el mar nos ha estado trayendo.