Adela Redondo

"Adela se quedó efectivamente muy sola. Agradeció mucho las visitas, pero más todavía agradeció que la dejaran a solas. Toda la energía del primer momento se desvaneció cuando se despidieron sus hermanos. No tenía consuelo y a veces creía que se ahogaba de no poder respirar, mitad por el dolor, mitad por las lágrimas. La pena la tuvo presa muchos días y muchas horas cada día. No podía quitársela de la cabeza. Pasaba de la incomprensión y de la débil certeza de que su madre no había muerto, a la desilusión y las ganas inexplicables de morir ella. Había perdido todo el apego a la vida. En nada encontraba gusto y nada la movía a seguir viviendo."

Cuando Aurelio Murió

"Ver a su padre tan tranquilo lo tranquilizaba a él. Se acercó a su cara y lo besó en la mejilla. Como si susurrara, al oído le dijo que estaba muerto. También le dijo que lo quería y que con él había vivido con plena felicidad. Aún lo miró un buen rato más, así desde los pocos centímetros que separaban las dos cabezas masculinas."

Cuaderno de viaje

"Le gustaba trabajar para una compañía internacional, así podía visitar otros países. Es verdad que los viajes de trabajo tienen su parte aburrida, sus esclavitudes, no ser siempre libre de moverse por todas esas ciudades a sus anchas ni de coger el metro cuando quisiera o sentarse en un bar a tomarse una cerveza mirando al paisanaje sin tener en cuenta su reloj. "

Entrevista

"El nudo del estómago, el ahogo y las ganas de llorar vinieron conmigo todo el camino. Iba mirando a la gente que se me cruzaba y me sentía más triste aún. Al llegar a la parada del autobús y sentarme bajo la marquesina notaba el peso de todo mi cansancio y volvieron a planear sobre mí las ganas de salir corriendo hacia una cafetería, pedir un desayuno y leer el periódico sin acordarme de nada más, abandonando la posibilidad de caer en otro chasco. El número mil en mi cuenta de chascos. Se sentaba la gente a mi lado sin mirar ni hablar. Alguno prefería esperar dando pequeños pasitos por delante de los que estábamos sentados. Y sin mirarlo, yo le gritaba por dentro ¡Quieres sentarte de una puta vez, que nos estás poniendo del hígado, imbécil!. Y como no era capaz de decirlo para que me oyera (menos mal), la tensión
crecía y las manos empezaban a temblarme."

El anciano y sus tres hijos

"Un anciano tenía tres hijos. Como el viejo había sido rico, los hijos pensaban que al morir su padre heredarían una buena cantidad de dinero. Eso era lo único que podían esperar de un padre que los había tratado siempre con desprecio y había hecho de su infancia una tortura. Sus constantes insultos y palizas estaban aún en la memoria de los tres hombres. Y más que otra cosa, reprochaban a su padre haber causado la muerte de la madre por las numerosas vejaciones y el oprobio de mantener a varias amantes sin el menor arrepentimiento."

La empresa de Benito Aduna

"Era un hombre rico. Lo había sido siempre, porque su padre ya tenía una ferretería que le daba un capital mayor que el de cualquier otro comerciante de la ciudad. Pero Benito había sido mal estudiante y no aprovechó el internado con los Escolapios. Presumía de ello. Presumía en su conversación, pero sobre todo presumía en sus costumbres. Invitaba siempre, usaba cochazos alemanes, fumaba puros, se reía con risotadas fuertes, para que todos supieran que le iba bien.
Le gustaba decir que era un industrial. “Nosotros, los industriales”, decía. Y parecía que ellos, los industriales, sostenían el mundo sobre sus hombros y lo hacían andar, mientras la legión de vagos y parásitos iba subida sin preocupaciones, dejándose llevar.

La jaula

Ese cerdo se ha vuelto a dejar los calcetines a este lado de la casa, con lo que apestan. ¡Cuántas veces le he dicho que mi lado es mi lado y que él no puede dejar aquí sus cosas! Míralo, paseándose en calzoncillos, el muy cabrón, como si tuviese algo que enseñar. ¡Qué asco me da! Mira que es mala suerte la mía: entre tantos millones de criaturas de nuestra especie, me han ido a colocar a este ejemplar de huevo frito. ¡Y pensar que me alegré el día que me lo entregaron! Me emocionaba -¡qué tonta!- al pensar que compartiría mi casa (27 metros cuadrados diáfanos, una ventana de información, un lecho, una mesa, una portezuela de consumo) con un ser humano.

La vuelta

"La nueva esposa había conocido la historia de la mujer fugitiva desde el primer momento, pero siempre había sentido por esa historia una enorme curiosidad, porque nunca se hablaba de ello y porque nadie podía explicarse el proceder de aquella mujer. Ahora que ella hablaba con esa mujer sin impedimentos, la curiosidad la empujó a preguntar en una ocasión por las razones de su huida."

Fontecha

-¿Qué quiere usted decirme que no pueda decir a mi marido, Fontecha?
-Lo sabe. Lo sabe. Lo sabe de sobra. No me haga declararlo.
-No sé qué se piensa usted, Fontecha, pero me da la impresión de que se ha confundido. Me voy.
Hizo ademán de levantarse y hasta se santiguó. Él la detuvo.
-¡Espere!- Pero Fontecha, tan nervioso y tan miedoso siempre, comenzó a creer que ella estaba diciendo la verdad. ¿Y si todo hubiera sido una figuración? ¿Qué pruebas tenía él? Dios, ¡qué inmenso error estaría cometiendo! Pero, aún así, se oyó a sí mismo diciendo:
-¿Ha leído mi misiva?- Ella pensó en lo ridículo de aquella expresión, una antigualla igual que Fontecha mismo.

Leipzig

"En uno de sus paseos, María se fijó en una mujer que atendía la caja en una pastelería. Después de pensar un poco mirándola con discreción, la reconoció como la persona que vivía justo enfrente de su casa, en un bloque cercano de la misma calle. Este descubrimiento provocó un pequeño regocijo en el corazón de María. Había puesto un contexto a la figura que veía a menudo desde su ventana, sin saber de ella nada hasta ahora. En la pequeña identificación que llevaba en su solapa pudo enterarse de que se llamaba Anne."

Mi maestro

"Un día lo esperábamos como siempre, sentados en nuestros pupitres. Yo miraba distraído hacia una ventana. En ella se enmarcaba una franja verde en la base, que eran las copas de una hilera de álamos bien altos, y el resto era el cielo, azul unas veces, grisáceo casi siempre. Entró el maestro, saludó como siempre y se sentó. No era habitual verlo sentado a su mesa, pero tampoco era la primera vez. Sí nos chocó sin embargo que clavara su mirada en sus libros y no la levantara en toda la clase. Explicó, habló, preguntó y contestó sin levantar los ojos. Al sonar el timbre, se levantó y, suspirando una despedida, salió del aula."