Artículos breves antiguos: primer semestre 2008

Los artículos que se han publicado en la sección de Actualidad y que ya han pasado, son trasladados a esta sección menor. Están ordenados por fecha de aparición. En esta página están los que se colgaron en el primer semestre de 2008. En la columna de la derecha aparecen enlaces a los artículos de esta misma página, como si fuera un índice.

La literatura en internet

12 de mayo de 2008

Se llama literatura y no está en los libros. Hay muchas maneras de ver esto. Esta página es un ejemplo de lo que digo. Un autor deja en su cajón sus deseos de reconocimiento o de celebridad, se olvida por fin de premios y de editoriales, y saca del mismo cajón sus escritos para compartirlos en internet. Yo –y muchos más- c omparto mis textos. No tengo gran interés en hacerme famoso, aunque me gustaría, claro que sí. Pero al menos me gusta que mucha gente pueda leer lo que escribo. Y os diré que esa idea me mueve a escribir más, o sea, que la página me sirve de aliciente para seguir escribiendo.

En estas páginas hay muchísimos escritores, tantos que es imposible que alguien pueda decir que no encuentra lo que le gusta, o que no encuentra lo que no le gusta. Hay muy buena literatura en la red, sobre todo relatos, cuentos, narración corta. Podría uno leer todos los días varios textos y no comprar un libro en su vida. Y esta manera de publicación es tan útil como el libro. Parece que esto no lo va a leer nadie. Y puede que sea así. Pero lo mismo pasa con los libros, porque hay muchos armarios en los pisos de algunos literatos llenos de ediciones completas de sus poemas o de sus novelas.

Habría que hacer seminarios, cursos, asignaturas sobre cómo usar internet para leer literatura contemporánea. Y también sobre cómo publicar. Yo recomiendo su uso, tanto para los autores como para los lectores.

Otra forma de literatura en internet son los blogs. Ya sé que hay mucho malo y mucho poco interesante.

Eso está reconocido desde el principio. Pero cuando uno encuentra un blog interesante (no puedo dar ejemplos, porque lo que a mí me resulta interesante, a otro puede resultar absurdo y hasta ofensivo), descubre un librito de Gracián. ¿Sería sacrilegio decir que Gracián habría tenido un blog? Correré el riesgo. Hasta se me ocurre abrir uno y poner cada día un trocito del Oráculo manual. Puedo imaginarme la de comentarios que aparecerían a diario.

Volviendo a la realidad, diré que algunos blogs son grandes obras de literatura, igualmente recomendables para el lector atento.

El gran problema es que no hay un colador como para poder reducir el número de autores a los justos que caben en un libro de literatura. Por eso, la literatura en internet nunca será tenida en cuenta. Una lástima, porque creo que esto es una revolución. Contra el negocio de las grandes editoriales y los grandes santones de la literatura. En este terreno, no hay mucho que hacer todavía, lo reconozco. Perdemos y no me importa nada. Y contra la vergüenza de mostrar lo que se compone. En esto sí que se gana. Porque si en algo es internet útil, es en eso de hacer ver que no se está solo en algo, sea en aficiones o gustos, sea en ignorancias, sea en lo que sea.

Hacer mi página es literariamente lo mejor que podría habérseme ocurrido. A mí y a todos los que tienen algo parecido.

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Los izquierdistas en los países ricos

16 de abril de 2008

Ser de izquierdas hoy en día suele ser algo contradictorio. Quizá sea por la herencia de la ideología, los años y años de izquierdismo que tenía por ejemplo (no siempre por modelo) el socialismo real del bloque soviético. El caso es que hoy, cuando aquello felizmente es sólo una página en los libros de Historia, aún hay cosas que deben hacernos pensar a todos..

Para empezar, ya no se puede reivindicar aquello de la clase trabajadora que lucha por conseguir su libertad o su dignificación. Ni siquiera creo que se pueda reivindicar con mucho entusiasmo la abolición de la propiedad privada. Vivimos en 2008: el mayor insulto que le puede caer a un político de un país democrático es el de comunista o ex comunista. Así de bien visto está hoy todo eso de la lucha de clases o lo de que la propiedad es un robo. En nuestro mundo ya nadie se plantea esas cuestiones, y mucho menos los jóvenes que se incorporan al mundo de la opinión política.

Gracias a la caída del muro podemos decir cuáles son los fallos del sistema capitalista, sin tener que repetir lo que valía hace un siglo y medio. Entonces se miraba el mundo por países, sin que de uno a otro se pudiese dar el salto de frontera alegremente. Las clases oprimidas de un país tenían la responsabilidad de liberarse a sí mismas, pero desconectadas de lo que sucediese en el país vecino. Ellos ya verían cuándo y cómo se liberaban. Y parecía posible eso: alcanzar el estado socialista en un solo país, ganando unas elecciones (como en Chile) o ganando una revolución (como en la URSS).

Hoy no es posible creer eso. Las clases trabajadoras en Europa, por ejemplo, no quieren oír hablar de revolución. Prefieren comprar en los grandes almacenes, participar del consumo como forma de diversión y de autoafirmación. Bien es cierto que sus necesidades básicas, tras décadas de socialismo y sindicalismo, están bien cubiertas y no viven en una situación de esclavitud. Por eso no es posible hacerlos el objeto del cambio social, ni quieren ni lo necesitan. Ahora bien, esto no nos debe hacer creer que en el mundo se ha instalado la igualdad y la justicia. ¿Dónde está esa injusticia ? ¿Quién sufre la injusticia?

Digamos que los trabajadores explotados son ahora la gente que vive en el mundo no desarrollado, en las regiones ex colonizadas. Ellos son los que viven en condiciones de esclavitud, pasan hambre, mueren en epidemias, quieren una vida mejor. Y quieren una vida mejor en Europa o en los países ricos. Ellos no son izquierdistas, ni pretenden una revolución, ni atienden a los preceptos de Marx. Ellos sólo quieren ser como nosotros, tener lo que nosotros. Por ello, cuando los activistas de izquierda de los países desarrollados hablan de igualdad y de justicia, son poco creíbles para esos nuevos esclavos. En el fondo, ¿quién va a tirar piedras contra su propio tejado? Parecería que hoy, cuando son jóvenes, ven la injusticia y la combaten en la manifestación permitida. Pero vuelven a su hogar con las comodidades y la abundancia. Y cuando sean mayores y deban proteger a sus hijos, ¿no serán los nuevos explotadores en beneficio propio?

Este es el drama. Ni un solo habitante de las zonas pobres movería un dedo porque se lo pidieran los activistas del mundo rico. Y sin embargo, en su manera de pensar y de ver el mundo no hay más que buena voluntad. Deseos de justicia. Yo me incluyo entre los que piensan que es necesario un mundo distinto. Pero veo que esta es la gran dificultad: la falta de credibilidad que se tiene entre los que consideramos oprimidos.

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Leer hoy a los clásicos

3 de marzo de 2008

Leer a los clásicos, a los muy clásicos, es hoy un ejercicio poco frecuente. A lo mejor es una práctica disparatada. ¿A quién puede interesarle conocer los poemas de Fray Luis, de Quevedo, de Jovellanos? ¿A quién las prosas de don Juan Manuel, de Galdós? Reconozcámoslo: sólo a los estudiosos, a los que ya las conocen de antemano porque saben quiénes fueron o la importancia que han tenido. Quizá esto sea un fenómeno nuevo y baste con echar la vista atrás unos pocos años para ver un momento en el que leer a esos autores aún era algo recomendable para la vida en general. Pero lo cierto y verdad es que los jóvenes de hoy –hoy que los jóvenes acceden a la formación cultural en mayor medida que nunca antes en la historia y en un número infinitamente superior a cualquier otro momento- no pueden encontrar en esos textos brillantes u na respuesta a sus curiosidades cotidianas.

A un joven de hoy nada le dicen los poemas de Fray Luis, ni los de Quevedo. ¡Qué lejos están del huerto tranquilo, de la angustiosa agonía por el paso del tiempo! Los profesores nos esforzamos en hacerles entender la importancia de esas lecturas, la necesidad de que escribieran ellos para que los de hoy escriban sus novelas. Al mismo tiempo, las personas cultas se llevan las manos a la cabeza y se crispan al considerar la falta de interés de la juventud por los brillos de Cervantes. No hay que arrancarse los cabellos. No debemos caer en el reproche, no sea que únicamente estemos defendiendo lo único que nosotros tenemos: nuestro patrimonio cultural. El nuestro no es el suyo, por más que compartamos tantas cosas, tantas lenguas.

En los planes de estudios siempre se comienza el aprendizaje de la literatura por los primeros textos. Y son patéticas las defensas que los libros hacen de la universalidad de los clásicos, porque los clásicos no pueden ser universales para todos, especialmente si el sujeto no conoce aún la literatura que están haciendo los autores del presente. ¿Por qué no empezar por leer los libros que están hoy ganando premios, aquellos cuyos autores salen por las televisiones, opinan de los temas de hoy, hablan de los jóvenes, de su educación, de sus intereses, sean lícitos o ilícitos?

Pero seguimos despreciando a los que no leen a los clásicos y denostando su falta de interés. ¿Cuántos leerían hoy el Libro de Buen Amor si no fuera obligatorio? No. Los jóvenes no están haciendo nada malo. Es una forma de rebeldía total contra una imposición absurda. Queremos que pasen de la cartilla al Quijote. Y nada de leer textos adaptados, eso es un pecado todavía mayor. Pues no, señores, no. Me niego a pensar que un muchacho de quince años deba leer el Quijote antes que a Paul Auster.

Yo creo que sería mucho mejor para todos que los estudiantes de medias dedicaran tiempo a leer textos recién salidos de las imprentas. Dejemos para la Universidad a los clásicos. Conocer de ellos lo más esencial es suficiente para un joven, y sin reproches académicos, por favor. Porque puestos a reprochar, también podríamos echar en cara a muchos profesores su desconocimiento total de las novelas de hoy, su refugiarse en la literatura hasta el año 1965 y nada más. ¿Quién comete el error más tonto, el alumno o el profesor?

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La literatura necesaria

6 de febrero de 2008

La literatura está hecha para cuando se ha terminado el trabajo. Quiero decir que es una especie de lujo social. Pero un lujo social necesario. La sociedad puede vivir sin literatura, me refiero al día a día, al nacer-crecer-reproducirse-morir de cada uno de sus ciudadanos. Es más, a veces la literatura es un estorbo en esa faena, porque muchos se pierden tanto por las páginas que se olvidan de que lo de verdad está aquí y no en los libros. Pero la sociedad, es decir, todos los individuos y los que les precedieron y los que vendrán detrás de ellos (de nosotros), la sociedad necesita de la literatura propia más que de cualquier alimento. El lujo se convierte en necesidad, lo que sobra para algunos individuos es básico para el conjunto. El grupo necesita unos referentes literarios, aunque sean muy lejanos, como es el caso del Quijote para los que hablamos español, o lo es Ulises para todos los occidentales. Puede uno no haber leído los libros de los que son protagonistas, pero todos sabemos quiénes fueron y qué significan para nosotros.

Y conste que yo tengo un concepto muy muy amplio de la literatura. Es literatura un cuento de Poe, un tomo de Proust, un canto de Leopardi y el Cantar de los cantares. Pero también lo son las letras de las canciones que se oyen en la radio, los textos que recitan los actores de una serie o el guión de una película. Otra cosa es la calidad; otra cosa es la repercusión que tenga entre la sociedad a la que se dirige cada uno.

Oí en cierta ocasión al maestro Alonso de Santos que la literatura tenía tres posibles escenarios: el entretenimiento, la enseñanza y la búsqueda en el alma humana. Sobre esta idea del dramaturgo, pienso yo que cualquier obra literaria comparte los tres escenarios pero en proporción distinta. Toda obra entretiene, o por lo menos entretiene a algunos. Está claro que entretiene más una serie de televisión que un tratado de ética. Pero hay ejemplos de éxito de ventas con libros de pensamiento. Toda obra enseña, aunque sea por mostrar modelos de los que hay que huir. Siempre se podrá encontrar a alguna persona que se vea reflejado en el espejo de una trama o de un personaje, aunque sea el más simple de los estereotipos.

Pero hay obras que buscan dentro del alma humana. Son las Galerías de Machado. Se mira uno dentro y cuenta lo que ve. Mira uno dentro de los demás y cuenta lo que ve. Las obras que participan de este escenario en una proporción muy alta, tienden rápidamente a ser cursis, a saber a azúcar por todas partes. Incluso las más dulces de ellas encuentran su público, desde luego. Pero el autor que sabe meterse en el interior de los hombres y que lo cuenta con gracia, ese es un escritor más necesario que ningún otro: entretiene, enseña, busca. Ya he mostrado mi admiración por Hermann Hesse, uno de los ejemplos más acabados de este género de autores. Otro nombre que se me ocurre es Susanna Tamaro, de la que hablaré más otro día. Ambos comparten esa rara gracia para conseguir las tres cosas sin meter los pies en el fango de lo morboso ni de lo blandengue. Creo que el secreto está en saber introducirse dentro de la mente de los personajes pero presentarlos siempre desde fuera, desde la relación con los demás individuos. Es así como sucede en la vida normal. Los escritores cursis se pasan en su intento de mirar en el alma: no saben salir de esa alma y quedan apresados en pensamientos bonitos (y tantas veces obvios y simplones: por qué hay odio en el mundo, el amor nos salvará del sufrimiento, la infancia es la inocencia,...).

Estos dos ejemplos de buenos investigadores del alma saben escapar de esa trampa, sus personajes no son buenos o malos, sino reflexivos. Se saben ver por dentro y lo que descubren no siempre les gusta. Y miran afuera. Porque fuera es donde están los demás, el objeto del odio, del amor o de la solidaridad. Mi enemigo o mi enamorado, siempre están fuera de mí.

Ese andar por el mundo es lo que nos gusta de sus obras. Lo que los hace singulares. La sociedad encuentra en estas obras lo que busca siempre. Son un buen ejemplo del tipo de libros que necesita siempre una comunidad de individuos. Sin esos modelos de reflexión, muchos estaríamos perdidos muchas veces.

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Leer a Hermann Hesse

10 de enero de 2008

Antes se leía a Hermann Hesse. Cuando se juntaban algunos jóvenes que se interesaran por la lectura pronto salía a relucir algún libro de Hesse. Muchos habían leído Siddartha, otros Bajo la rueda, todos Demian. Sólo los más adictos se habían atrevido con Narciso y Goldmundo o con El juego de los abalorios.

Yo he dicho muchas veces que no sería como soy si no hubiera leído a Hermann Hesse. O mejor: soy como soy porque en su día leí las novelas de Hesse. Para mí era, no diré una guía, pero sí una ilustración, una aclaración de alguna cosas con las que me iba encontrando en mi vida. Los personajes de Hesse se hacían preguntas que yo me había hecho. Sentían cosas que yo mismo había sentido. A veces las respuestas que ellos hallaban no eran las que yo encontraba como mejores, porque por entonces yo había dejado de ser una persona religiosa o estaba dejando de serlo. Y de espiritualidad religiosa hay mucho en Hesse. Eso era algo que no me importaba.

Ahora comprendo que lo que hacía que esa religiosidad no me molestara es que en los libros de Hesse no había una moralidad religiosa, sino una moralidad humana. El centro de la religión de Hesse es el hombre, con todos sus defectos, buscando la virtud, despegando de la realidad que lo atosiga y lo convierte en un ser degradado. La búsqueda de la conducta humanizada, a partir del conocimiento propio, de descubrir cómo se es.

Jamás he pensado que Hermann Hesse fuese un autor cursi. No lo es. Nadie lo dice. Obtuvo el Premio Nobel y ese premio no se lo dan a autores blandengues, de azúcar, rositas. Pero hoy no creo que resistiese la lectura de los jóvenes. A lo mejor se hace pesado, es posible: no habla de mundos perdidos en los que un solo individuo tiene sobre sus hombros la necesidad de salvar la civilización, no habla de guerras entre comandos que no conocen la piedad, no habla de la sordidez del mundo cotidiano más cutre. El caso es que parece que ya nadie se acuerda de él.

¿Tendría hoy algo que decir? Yo creo que sí. Yo al menos lo leo a menudo, nunca pasan muchos años sin que lea alguna de mis novelas favoritas, especialmente Demian y Bajo la rueda. Sigo pensando que esa manera de plantear el conflicto entre el individuo y el mundo es tan válida hoy y para todos como lo era hace treinta años para los jóvenes de entonces. Pero no creo que debamos forzar las cosas. Si ya nadie lee a Hesse, será cosa de que se le vaya olvidando.

Una verdadera pena.

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