Artículos breves antiguos: segundo semestre 2008

Los artículos que se han publicado en la sección de Actualidad y que ya han pasado, son trasladados a esta sección menor. Están ordenados por fecha de aparición. En esta página están los que se colgaron en el segundo semestre de 2008. En la columna de la derecha aparecen enlaces a los artículos de esta misma página, como si fuera un índice.

Proust

5 de noviembre de 2008

Para leer a Proust hay que tener tiempo. Mucho tiempo. No es una lectura rápida, uno de esos libros que presentan una secuencia de acciones trepidantes que te hacen olvidar los problemas, que te embeben y no te dejan respirar. Cuando uno lee esos libros acaba pronto y dice "Es estupendo: no lo puedes dejar, te engancha desde la primera página". Es verdad, esos libros, esas lecturas son útiles para momentos rápidos y para la necesidad de acabar con el aburrimiento. Se suelen olvidar rápido. A veces, si el libro no es muy bueno, tiene uno la sensación de que no le han contado una historia, de que sólo han pasado por delante de sus ojos una serie de imágenes atractivas que sirven bien para entretener. Así se va también muchas veces al cine. La literatura imita muchas veces al cine.

Proust no tiene acción, así que nunca se tiene prisa por acabarlo. Se mete uno en sus páginas como el que entra en el agua del mar. Un mar tibio, que invita a nadar, que no permite que salgas sin la sensación de que un poquito más aún estaría mejor. Si no te vence el sueño, el cansancio, si no tienes prisa por llegar a otro lugar, nunca encuentras el momento de abandonar la lectura. Porque en Proust, en las páginas de Proust, hay una narración permanente, un susurro agradable que va contando cómo es el ser humano.

Los personajes pasan por delante del protagonista, el narrador, actuando con una naturalidad fuera de serie. No creo que haya leído otro libro nunca con una psicología tan acabada. Las manías y los anhelos de todos están descritos sin artificio visible. Unos se mueven por agradar, otros por ser admirados, todos por vivir. Estos personajes están llenos de vida, de ganas de vivir, aunque sea en un mundo que se acaba, que mantienen ellos mismos colgado de alfileres.

Y el narrador que lo cuenta sin levantar jamàs la voz, sin sorprenderse de ver todo lo que ve, sin que parezca nunca que el lector debiera sorprenderse. "El mundo es así, es esto que veis", parece decirnos página tras página. Son los recuerdos de una vida, pero sólo en el trato con los demás. La justificación de lo que se cuenta es accesoria, sólo importa lo que se cuenta. El lector se pregunta de dónde sale el dinero de este bon vivant. No importa, eso es accesorio. Eso queda para las novelas al uso, para quienes necesitan explicar todo. Aquí todo se explica solo.

Hay que tener tiempo para leer a Proust, lo repito. Se tarda en leerlo. Pero cada minuto con él es un minuto de placer. Es la literatura en estado puro, sin añadidos. No se aprenden conceptos nuevos, no se llora, no se sufre, no se ríe (bueno, a veces). Leer a Proust es leer sin más. Escribió para las personas que disfrutan con la lectura.

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La solidaridad en unos y en otros

9 de julio de 2008

En los discursos de los políticos siempre aparecen unos temas recurrentes que pueden causar la perplejidad de descubrir que todos dicen defender lo mismo o a los mismos, pero proponiendo medidas completamente opuestas. Derechistas o izquierdistas presumen de modernidad y de querer conseguir el bienestar de todos, y a la vez acusan al contrario de estar anclado en el pasado (esto del ancla les gusta mucho), y de olvidarse de los pobres para satisfacer sólo a los ricos.

Antiguamente los patronos, los grandes empresarios,?? los ricachones eran de derechas y defendían su forma de vida y su manera de ganar su dinero. Enfrente tenían a los obreros, a los pobres, a la burguesía menor, que proponía los cambios y quería un reparto más igualitario de la riqueza. Pero ahora resulta que los de derechas dicen defender a los pobres, a las familias trabajadoras, al pueblo llano. Y acusan a los izquierdistas de querer sólo atenazar a los trabajadores en su pobreza sin permitirles crecer económicamente.

Analizando la situación real, puede que veamos que los dos tienen razón. Nadie se cree desde luego que los liberales de derecha vayan ahora a buscar el bien común de todos, como si fuera posible casar el interés particular con un hipotético interés de todos o general. El ser humano no tiene eso en su naturaleza, no renuncia a lo que tiene simplemente por ayudar a otro que no lo tiene. Eso lo hacen algunos seres humanos, pero no es un comportamiento que podamos llamar general, ni mucho menos. Así que partiremos de la base de que los derechistas no se han vuelto supersolidarios ahora, tras las revoluciones tecnológicas y las cíclicas crisis del sistema capitalista-global.

Y sin embargo, es verdad que los partidarios del izquierdismo se quedan tantas veces en formas políticas que sólo consiguen repartir la miseria y renunciar a la riqueza (económica, personal, social, cultural) de las personas. Como muestra valen los botones de la vieja URSS, la agonizante Cuba o la bolivariana Venezuela. El discurso de la solidaridad y del reparto de la riqueza no ha funcionado más que para levantar a las masas. Nunca se ha llegado a nada en las formas políticas izquierdistas.

La cuestión está en el marco. En la dimensión del territorio sobre el que se actúa o sobre el que se quiere actuar. Siempre se actúa sobre un país. Y se necesitan siempre los resultados a corto plazo para ganar las próximas elecciones. Aquí es donde el discurso de la derecha funciona perfectamente. En efecto, la derecha busca el crecimi??ento económico de todos. Pero sólo de todos los que viven en su país. Así, se crece a costa de todos los demás, sin importar lo que les pase. Les pasa eso porque no saben hacer bien las cosas. Las infames políticas del Fondo Monetario Internacional buscan siempre la tortura de los más pobres de un país pobre para que pueda vislumbrar la esperanza de ser alguna vez menos pobre. Pero en los países ricos no debe haber escasez ni peligros económicos, ni paro ni inflación. Y los inmigrantes son bienvenidos mientras vengan a trabajar por poco dinero. Cuando escasea el trabajo, que se vayan por donde vinieron, aunque vinieran en patera.

El ejemplo más claro se ve en la obsesión que a los derechistas les provoca el asunto de los impuestos. Su misión en la tierra parece ser la de aminorarlos al máximo o eliminarlos si se puede. Ya conocemos sus argumentos. Tanto es así, que incluso los políticos de los partidos de izquierda prometen en cada elección una rebaja de impuestos. Pero los impuestos sólo afectan al país en cuestión, ignorando por completo a las personas de otros países. La única manera de solidaridad real y generalizada son los impuestos. Otra cosa es cómo se recauden y cómo se distribuyan luego, pero eso no nos importa ahora. La rebaja de impuestos sólo enriquece a quien no los paga, que es el ciudadano de los países ricos. Pero si queremos repartir la riqueza, sólo se puede hacer mediante los impuestos. Los impuestos, aunque no caigan bien a nadie, son más solidarios. Y los políticos de la izquierda no deben pretender rebajarlos así porque sí.

El discurso político de la izquierda debe ser más amplio. Ahora los pobres no viven en nuestras ciudades ni son los que trabajan en nuestras fábricas ni en nuestros campos. Viven en África, en Latinoamérica, en Asia. Y los ricos somos nosotros. La solidaridad debe mostrarse perdiendo nuestra riqueza en parte, para que ellos puedan aspirar a una vida digna. Y ese discurso es difícil que gane nunca una elección. Así que?? al final se contagian de las ideas de la derecha y se desviven por el crecimiento económico en el propio país.

Esa diferencia debe ser esencial, aunque se pierdan las elecciones. Dejemos a los de la derecha que se preocupen por el crecimiento de las economías de los ricachones, que ahora somos nosotros. El político de izquierda debe pretender extender la riqueza a todos, incluso aunque sean extranjeros. Si se pierde este discurso, la derecha siempre ganará la partida, con gobiernos liberales o con gobiernos socialistas.

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