Artículos breves antiguos: Año 2009

Los artículos que se han publicado en la sección de Actualidad y que ya han pasado, son trasladados a esta sección menor. Están ordenados por fecha de aparición. En esta página están los que se colgaron en el año 2009. En la columna de la derecha aparecen enlaces a los artículos de esta misma página, como si fuera un índice.

Los políticos, los periodistas y el resto del mundo

24 de octubre de 2009

La cara circunspecta, la seriedad unas veces, otras la mueca de enfado o de desesperación; así es un político. Nunca debe traslucir que está contento, que no siente los problemas de todos y cada uno de sus conciudadanos (y conciudadanas). Viven todos los días de su vida en una representación de un papel, del papel de persona preocupada. Su preocupación es –no nos quepa duda- por todo lo que sucede en su país y a su gente. Pero con esas caras, con esas miradas preocupadas, en cuanto abren sus bocas para hacer alguna declaración, de lo que hablan es sólo de los suyo, de sus asuntos.

Como son rivales unos de otros y como quieren todos un espacio, pequeño o grande, en la escena del poder, tienen que dedicarse a sacar los trapos sucios de los otros, o a inventarse las miserias de los demás, o a defenderse –atacando- de lo que les han dicho los otros. Así que los problemas de los conciudadanos –y conciudadanas- se quedan para mañana, porque lo que corresponde hacer hoy es hablar mal del otro. Basta con decir que el otro no sirve para ser un buen político, no se necesita ni siquiera un argumento o un ejemplo. El otro automáticamente deberá salir a la palestra a defenderse o a atacar un poco más.

Observando esto deberían estar los conciudadanos y las conciudadanas. Pero cualquiera puede entender que se trata de sus propios asuntos, así que mejor no meterse. O sea, los ciudadanos, por su propio gusto, no atenderían a estas disputillas mucho más que a una riña entre niños de seis años. Bastante tiene de tristezas y de alegrías la vida de cada cual, como para tener que estar también en las peleíllas de estos señores y señoras. Además, si uno lo piensa como espectáculo, o sea, si uno puede imaginar que todo eso de los insultos, las alianzas, las separaciones, los reproches, no fuera más que el guión de un Gran Hermano o una obra de teatro menor, un sainete, entonces el resultado es aún más pobre. Como vida real es poco interesante, pero como programa de televisión es un tostón insoportable. ¿Imaginas un programa diario en el que los mismos protagonistas no hicieran otra cosa que pelearse por nada?

Hasta ahí todos de acuerdo. Pero entonces llega una empresa y concibe que eso sí puede ser rentable como programa de televisión. Y contrata a buenos guionistas y a mejores publicistas y consigue hacer el programa y llevarlo a la prime time de todas las cadenas. Y ese equipo de profesionales se llaman periodistas y dicen que son muy buenos profesionales y todo eso. Unos, los guionistas, trabajan codo a codo con los políticos: escriben torticeramente lo que uno ha dicho y lo interpretan para que el otro responda algo que también le han sugerido convenientemente. Otros, los publicistas, actúan por libre en las mil tertulias de análisis: su trabajo es promocionar lo bueno que es el espectáculo y para ello repiten una letanía sin parar, que los ciudadanos tienen la última palabra.

Así que el resultado final es que todo el mundo, en vez de vivir atento a sus asuntos cercanos y, en todo caso, a los grandes problemas del mundo (injusticias sociales y mundiales, las guerras inventadas, el hambre como enfermedad en África, ¡ay, y tantas cosas!), pues no paran de preocuparse de ese programa perpetuo de la política nacional, sea la nación que sea.

Y lo que más me fastidia es que el argumento es muy malo y la audiencia no para de subir. De esta manera, gracias a los malditos periodistas y a los actores políticos, nunca seremos felices y nunca acabarán los problemas del mundo.

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Izquierdas, derechas y corrupciones

9 de junio de 2009

La corrupción es lo que hace un cargo público cuando decide usar los bienes que tiene a su disposición para el desempeño de sus funciones para su disfrute personal o para beneficio de los suyos, sean quienes sean los suyos, familia o partido. La corrupción tiene un efecto consecuente inmediato: el cargo público corrupto deja de hacer sus tareas para la gestión colectiva y trabaja en beneficio propio. Así que las tareas se hacen mal y la gestión es mala.

En los regímenes dictatoriales nadie puede poner en tela de juicio la gestión de los gobernantes, de los alcaldes, de los diputados, de los representantes, de los comisarios, de los generales. Correrían riesgo sus vidas, así que la gestión de la cosa pública está a salvo de críticas molestas tanto como del peligro de dirigirse para halagar a la masa. La dictadura no es en sí corrupta, pero dado que corruptos hay siempre en todas partes, cuando el corrupto entra en la gestión pública amparado por una dictadura, tiene vía libre para sus desmanes, para sus robos o para sus aprovechamientos injustos de los bienes comunes.

En las democracias nada debe ser así: el cargo público está permanentemente vigilado por su adversario político, de manera que resulta mucho más difícil meter la mano en el cajón. Además, la prensa vive –ya lo sabemos- de criticar a los políticos, así que pobre del político sorprendido en un acto de corruptela, porque los periódicos se encargarán de quitarlo de la carrera política. Como debe ser, por otra parte.

Pero no pasa lo mismo si el político es de la derecha que si es de la izquierda. Al político de la derecha cogido en corrupción, no se le pasa una factura demasiado cara. Los periódicos sí, claro está, y también sus adversarios, que inundarán los discursos de acusaciones contra el corrupto. Pero, llegadas las siguientes elecciones, los ciudadanos no tienen en cuenta esa corruptela: lo votan de nuevo como si nada hubiera pasado si les ha gustado su gestión, o no lo votan si no les ha gustado, pero nunca les influye el haber sido imputado en casos de corrupción. El mayor ejemplo que conozco es Jesús Gil, el paradigma de lo que digo ahora. Supongo que en cada casa tendrán un ejemplo similar.

Pero, ay si el sorprendido con la mano dentro es de la izquierda. El concierto de críticas de periodistas y adversarios es el mismo que en el caso anterior, como debe ser. Pero al llegar las elecciones, si no lo han quitado antes de las listas los de su propio partido, no lo vota ni su familia. El pecado de la corrupción es en la izquierda un pecado mortal, su castigo es implacable. El caso más conocido en España es el de Demetrio Madrid. Conozco otros menos famosos que son aún más irritantes.

¿Por qué? Eso es algo que no alcanzo a explicarme. He oído que la razón es que la gente está acostumbrada a que los señoritos siempre hayan sido corruptos, así que si se identifica a la derecha con esos señoritos, uno acepta la corrupción por costumbre. Pero nadie tolera que le robe uno de su misma condición. Yo no lo creo así. Para empezar los partidos de derecha actuales no son los partidos de los señoritos, sino los partidos de los que tienen una determinada ideología. Y además, eso de que se tolera que nos roben los de siempre porque siempre lo han hecho no me parece que tenga visos de ser cierto en ningún caso. Torres más altas han caído.

Yo no sé qué pasa, pero eso pasa. Se desprestigia un político socialdemócrata si se le percibe el más mínimo atisbo de que tiene dinero. El político de la izquierda debe ser honrado y parecerlo. El de la derecha puede no ser honrado, basta con que lo parezca.

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Londres y Sherlock Holmes

5 de marzo de 2009

He visitado Londres recientemente. Allí pude pasar algunas jornadas recorriendo los lugares más turísticos, más rabiosamente turísticos de la ciudad. Me refiero a que he deambulado por sitios con muchos más visitantes que lugareños. A mí me resulta muchas veces un placer recorrer esos lugares de las ciudades, los sitios que aparecen en las guías turísticas señalados como lo que no hay que perderse.

Una hermosa ciudad. La lluvia respetó el tiempo de nuestra visita, así que pude verla entre nubes a mi antojo. Volveré a ella en otra ocasión, entonces para visitar algunas cosas menos famosas. Quiero destacar de todo lo que he visto algo de importancia menor, incluso más kitsch que el Londres de Buckingham Palace. Si sube uno por la calle Oxford, un poco antes de llegar al Arco de Mármol, girando en dirección al parque Regent's, encuentra pronto la calle Baker. Sí, sí: Baker street. El lugar en el que Conan Doyle hizo que Watson encontrara su estudio en escarlata compartido con Sherlock Holmes.

La visita es, ya lo digo desde el principio, muy recomendable. Al final de una jornada de paseo turístico, saciada la vista de tanta historia y tanto cosmopolitismo, qué agradable es entrar en esa casa donde la propia falsedad indisimulada te acoge en su candor. Una tienda llena de objetos de recuerdo tales como pipas, tabaco, libros sobre Londres, sobre Jack el Destripador, sobre Holmes, etc. Y cuando te dan paso, entonces se sube por una escalera estrecha a las plantas superiores (se llega hasta el desván). El decorado es abigarrado y lleno de objetos de los que salen en las novelas de Holmes. Va uno recordando detalles, cuadros, personajes, características, argumentos, indicios, visitas. Ese momento es ciertamente embriagador. Nada es de verdad, sólo nuestro recuerdo de las lecturas deliciosas de Conan Doyle.

Un señor que hace de guía, o algo así, te anima a fotografiarte sentado junto al hogar, con un sombrero de orejas y una enorme pipa blanca. Al salir, un altísimo londinense de cara cerúlea, que se ha vestido una guerrera y un casco alto de bobby, posa junto a ti en la puerta de la calle, serio, muy en su papel. Al acabar la visita, una pinta de cerveza en un pub. Si hay tiempo, una visita al parque Regent's.

En esos minutos que se pasan rodeado de objetos de colección, es entrañable dejarse acariciar por los recuerdos. Y pienso entonces si no leeremos para tener después recuerdos agradables, recuerdos entrañables. Al menos la lectura de Sherlock Holmes sí nos deja esos recuerdos en la memoria. Revivirlos es hermoso. Kitsch, pero hermoso.

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Un hombre en la oscuridad

8 de enero de 2009

Un hombre en la oscuridad

La última novela de Paul Auster no es la mejor novela del mundo, ni siquiera la mejor de Paul Auster. Es más bien mediana. Acostumbrados por el autor a tramas mejor trazadas, a personajes más caracterizados, a acciones más sorprendentes, lo que nos sorprende es lo poco que cuenta el libro.

Aún así, es Auster. O sea, un libro maravilloso, de lectura fácil y rápida, entretenido y bien contado. Esto es lo mejor, está muy bien contado. Como siempre. Parece que alguien se ha sentado a tu lado y está contándote una historia, algo que le ha pasado, algo que ha vivido. Y tan interesante es la narración que el lector -casi el oyente- no puede abandonar la lectura o la escucha. No lo había pensado, pero ahora veo que es un volumen especialmente indicado para la lectura en voz alta, como una emisión radiofónica. Subyugador como en tantas otras novelas.

Lo que no me gusta es lo simple del relato. No pasa nada. El caso es que al principio, cuando nos presenta a sus personajes, parece que habrá una trama dramática más elaborada. Pero uno de los personajes, la hija del narrador, no sale para nada, apenas existe. Y el otro acompañante, la nieta, se limita a escuchar y a lamentarse de su situación. El final nos reserva la sorpresa de que es el personaje con una historia más dramática de todos, pero aún así me parece que le ha faltado algo a la historia.

Tampoco me gusta la historia paralela. Me gusta, y mucho, pero ¿por qué termina de esa manera, sin final, sin volver a ella? Y creo que da para otra novela esa historia sola, no sé cómo no se desarrolla más. A lo mejor es que se me ha pasado algo y debería volver a leer el libro, no sé.

El caso es que me lo he pasado como siempre: bien. Otra vez Auster nos pone delante el drama de gente normal, la casa de una familia como tantas, que atraviesa un momento verdaderamente malo. El drama no se busca en personajes extraordinarios o muy malvados, ni tampoco en escenarios conflictivos. El mundo es un escenario conflictivo, los personajes son personas como las que viven ese mundo, con sus achaques y su temperamento. Pero también con su infinita comprensión. Memorable la interpretación de las escenas de películas que ven el abuelo y la nieta: una página maestra de la literatura. Esa interpretación de la obra de los otros, cuando estos otros han interpretado a su manera el mundo, es muy emocionante. Auster entra en la casa de su vecino y sale para contarnos lo que sucede, haciendo como siempre una metáfora de lo que le sucede a tanta gente. En eso es como un cronista parcial de la realidad actual. No global, sino sólo parcial; nos dice lo que le interesa contarnos y nada más. Pero el drama sigue ahí, golpeándonos en la conciencia, en los ojos. Despertándonos de noche y acudiendo a nuestra cama para vivir con nosotros. La impotencia del abuelo ante el sufrimiento de su hija y su nieta es el sentimiento que tantas veces padecemos ante el vecino, ante el pariente.

Auster, incluso en los momentos bajos, es apasionante.

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