Artículos breves antiguos: Año 2010

Los artículos que se han publicado en la sección de Actualidad y que ya han pasado, son trasladados a esta sección menor. Están ordenados por fecha de aparición. En esta página están los que se colgaron en el año 2010. En la columna de la derecha aparecen enlaces a los artículos de esta misma página, como si fuera un índice.

Ejercicios espirituales

7 de abril de 2010

Mi madre no nos dejaba asistir a los ejercicios espirituales que cada año por cuaresma se organizaban en nuestros colegios. Tanto mis hermanas como yo, es conveniente aclararlo, estudiábamos en colegios religiosos, ellas de monjas y yo de curas. Y siempre había una semana, antes de la Semana Santa, en la que todos mis compañeros se iban a un retiro que se celebraba no sé dónde, y yo, junto a otros cuatro o cinco, nos quedábamos en clase, aguantando a los profesores que nos aguantaban. Dedicábamos aquellos días interminables a escuchar música o a copiar dictados, nunca nada de lo que hubiera que examinarse.

Yo no sabía ni qué eran los ejercicios espirituales, así que menos aún sabía por qué mi madre no nos dejaba a los hermanos acudir a esa cita. Mis compañeros volvían diciendo que se lo habían pasado fenomenal y que las noches sin dormir habían dado mucho juego. Con el paso de los años me enteré de las dos cosas. Los ejercicios espirituales eran una práctica de origen jesuítico, eran un retiro para dedicar unos días a meditar sobre cuestiones trascendentales y para prepararse para vivir la Semana de Pasión, el recordatorio anual de la muerte y resurrección de Cristo. Mi madre no nos dejó ir nunca porque ella fue de pequeña a uno de esos retiros y pasó tanto miedo que juró que ni ella ni sus hijos irían a otro. Es verdad que en sus años de infancia los retiros espirituales debían estar basados en el miedo a las penas del infierno, en el miedo al pecado, en el miedo a la condenación, en el miedo general a no poder estar a la altura de lo que se pedía, que parecía ser mucho. Así que ni mis hermanas ni yo pudimos vivir esa experiencia.

No digo yo que se deba hacer algo así. No digo yo que haya que dedicar la cuaresma a tanta trascendentalidad. Pero sí que me parecería oportuno hacer ese retiro interior. Sin tener que irse a ninguna parte, sin tener que juntarse muchos, sin tener que escuchar a ningún conductor espiritual. Una persona sola. Una persona consciente, preocupada. Así estamos la mayoría. Vemos lo que hay a nuestro alrededor y pensamos mil veces qué pasa, qué podemos hacer, si podemos hacer algo. Y dejamos pasar los días uno tras otro envueltos en la niebla de Unamuno, envueltos en la incomprensión.

Por eso, pararse a pensar no es malo. Sin tener que atender a los pecados ni a los pecadores. Reflexionar sobre aquellos asuntos no cotidianos que cada uno estime importantes. No voy a sugerir ninguno, que cada cual encuentre los suyos. Y sí voy a sugerir partir de una lectura como punto inicial. Escogemos un cuento, una página web, un poema, un personaje de novela, un diálogo, un artículo. Y ese es el comienzo: lo demás es sólo camino. Esta actividad reflexiva no nos debe llevar a nada concreto. No hay que plantearse metas, la meta es simplemente pararse a pensar, conscientemente, deliberadamente.

Al dar por terminado ese proceso reflexivo, es posible que el cuerpo nos pida escribir algo, o hablar con alguien. Es posible que no, que volvamos a la rutina sin más ni más. Pero no volveremos iguales. Desde luego, cada uno de nosotros habrá practicado una excelente gimnasia personal.

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La política en Facebook

10 de febrero de 2010

Siempre he odiado la política de barra de bar. O sea, el comentario directo sobre una noticia o sobre una foto de un político, siempre descalificándolo, siempre dudando de su capacidad, siempre asombrándose de su maldad. Pero sin argumentar nada, claro. El ciudadano que se toma su cerveza apoyado en la barra; la tele o la radio que nombran a tal o cual presidente o ministro; el otro ciudadano que comienza su agudo análisis con las palabras “A ese, yo le mandaba a…”; y la catarata de agudezas sobre la situación regional, nacional, mundial y galáctica. Todos saben de todo y todos tienen la solución. Por cierto, que la solución siempre es mandar a alguien a algún sitio horrible, o a hacer alguna cosa espantosa. Luego, tranquilamente, se pide otra cerveza y a otra cosa, mariposa. Quizá podamos pasar al fútbol, porque también sabemos con la misma solvencia de técnica futbolística, de preparación física, de arbitraje, de economía, de educación, de medicina, de criminología,…

Una variante de esta política de barra de bar es la política de periodistas. Éstos son algo más finos y además cobran bastante más por emitir sus sesudos análisis. Tampoco ellos se juegan nada con su comentario, saben que no les va nada en ello. Digan lo que digan, aunque sea la burrada mayor, seguirán en su puesto al día siguiente y nadie les va a reprochar nada. Nadie les tira de las orejas, porque son ellos los que tiran de las orejas a todo el que se mueve. Se diferencian del cañista del bar en que deben inventar además del insulto fino un a modo de argumentación. Que inventen, que inventen: ellos pueden.

Pero lo que tenemos ahora es la versión cibernética de todo esto: la política de Facebook. Lo primero, como siempre, es hacerse un hueco y justificar su existencia. Son redes sociales, o sea, espacios de internet en los que muchos conocidos van poniendo sus pequeños día a día. Dicen que así mucha gente se vuelve a relacionar, y es verdad, yo mismo lo he comprobado. Pero además toda esa mucha gente pierde las horas y deA qué manera. También lo he comprobado. Se juega a saber qué canción va conmigo, qué película es mi película, cuántos colores hay en mi vida o cuántos conejitos sacaría yo de la chistera. Y se hace uno socio de grupos. Esos grupos son muchas veces grupos de intención política. Por supuesto, no hay tiempo para la ideología, para el debate o la argumentación. Sólo hay un eslogan. Son grupos como “Yo también quiero que el presidente dimita”, o “Cabreados con la ministra”, o “Queremos una ley para encarcelar a los gitanos”. Cosas así. Nunca miran. Sólo pulsando un botón se hace uno miembro. No se piensa, no se habla. Sólo se grita en el silencio del ordenador.

Se trata de una nueva estrategia para que nadie piense en política. Reducir la política a pertenecer a un eslogan, sin pasar por la reflexión o por la idea. Sin oír a nadie. Es algo más chic que la barra del bar y más universal que la tertulia periodística. Pero es más innoble, porque todo se hace sin dar la cara. Ni siquiera eso.

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Libros a medio leer

2 de febrero de 2010

A veces me pasa que se me juntan en la mesita de noche dos o tres libros a medio leer. Y son primos de otros dos o tres que tengo en otros lugares de la casa. Todos a medio leer. Sí, algunos son de los inacabables, de los que no se aguantan. Pero otros no, otros son interesantes. El fallo es mío, es una cuestión de mala organización, nada más.

Si después de Navidad o de mi cumpleaños me encuentro con varios libros que me han regalado y además con alguno que yo he comprado, entonces entramos en terreno pantanoso. Pienso que en esos momentos soy yo el que inconscientemente busca excusas, siempre muy ajustadas, para no leer, para que no haya un hueco en la tarde para leer. Y bien sabe Dios que escribir en la web es una de las excusas más apropiadas.

En otro tiempo habría provocado esto una pequeña crisis de personalidad. Me preguntaría si es que acaso estoy perdiendo facultades, si me estoy rindiendo a la holgazanería. Se alzaría a mi lado mi yo censor y me reprendería con argumentos basados en la seriedad, la formación, el aprovechamiento del tiempo, y todas esas cosas con las que nos fustigamos a menudo. Pero ahora, menos mal, ya no soy tan exigente. Me veo y me río, pensando en lo mucho que quería abarcar y en lo poco que puedo apretar. Además, suele suceder que todos esos libros entran en la región de lo olvidado en poco tiempo, de manera que muchos de ellos –o todos- mueren en mi memoria semileídos. Con suerte, podré sacar de ellos un recuerdo, una idea, una noción del autor o algo así, pero no mucho más. Así que mejor me río de mí y de mis pretensiones, porque parece que el final es irremediable.

Miro los títulos de los libros que me esperan. Repaso mentalmente la ocupación de cada tarde de esta próxima semana. Una de dos: o los coloco en huecos imposibles o los traslado a otra semana. Da igual, porque me da que va a acabar en la estantería antes de tiempo, mientras su fiel enemiga, internet, sigue ganando territorios a su costa.

Una pena: alguno de esos libros me habría enseñado mucho.

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