Breves

Iglesias y creencias

3 de noviembre de 2011

IGLESIAS Y CREENCIAS

Cuando nací, mis padres decidieron que ingresara en la iglesia católica. Era lo habitual en España en aquellos años y sigue siendo sin duda lo más frecuente. Desde entonces recibí una educación religiosa dentro del seno de ese grupo, sin que pudiera tener opción a otras posibilidades. Tampoco un niño quiere tener opciones de ese tipo, desde luego.

Siendo aún muy joven, comencé de manera natural a preguntarme algunas de las cosas que, siendo básicas para los integrantes de la iglesia católica, se daban por verdades incuestionables, aunque de ninguna manera podían tener explicación racional. Y no me refiero a los dogmas, que tardé más en conocer como tales y más aún en comprender que son la sublimación de lo irracional. Me refiero nociones más sencillas: ¿cómo adquiere la posibilidad de entrar en el reino de los cielos alguien a quien no le enseñan la fe católica?, ¿cómo podríamos superar en verdad a los creyentes de otras iglesias o creencias cuando defienden ellos la verdad de sus dioses y principios?, ¿cómo era posible que creyentes católicos tuvieran conductas a todas luces perversas, como los ladrones o los asesinos, sin dejar de sentir viva su fe?

Como muchos amigos míos, abandoné poco a poco la fe católica. Primero se pierde energía en la práctica de los rituales semanales: la eucaristía, la confesión, la comunión. Luego se desatienden los mensajes pastorales. Por último, se aleja el camino del camino católico y comienzan las críticas más fundadas, más filosóficas. Abandoné a la par mi fe cristiana y mi confianza en la presencia de algún dios que tuviera alguna influencia en la vida humana.

Pero nunca he abandonado algunos principios morales, aceptables por lo demás por cualquier persona de cualquier época, como el deber de la solidaridad, el respeto mutuo, la veneración al grupo familiar (aunque ya no con las características típicas del catecismo: cualquier forma familiar es una familia), y otras por ese estilo.

No llegué a la confirmación, pero aún no he llegado a la apostasía.

Y ahora, absolutamente fuera de los preceptos católicos, observo con estupor el comportamiento de la iglesia católica en todas sus sub-iglesias. Han pasado los años, las décadas y las generaciones y ellos siguen igual que siempre. El mundo no se parece en nada al mundo de mi infancia, pero su postura ante ese mundo es la misma de entonces. Me niego a admitir ya que un grupo religioso tan influyente siga teniendo la perversa pretensión de dirigir moralmente, o sea políticamente, a toda una sociedad. ¿Cómo pueden seguir hablando de qué es lo bueno o lo malo en las conductas humanas, dirigiéndose a todos en términos preceptivos, y no a los miembros de su grupo en términos admonitorios?

Y también está esa arrogancia… Fuera de su grupo no hay una conducta plausible. Pero ¿cómo seguir escuchándolos sin sentir una náusea?

Y no puedo olvidar que todas sus censuras morales se dirigen a aquello que causa placer, especialmente la práctica sexual libre y entendida como placentera de por sí.

La clave del engaño es la confusión entre iglesias y creencias, pemítaseme la paráfrasis de Ortega. Los católicos siguen identificando la iglesia con la creencia, como si fuera de la iglesia también estuviera uno fuera de la creencia. ¡Qué gran mentira! Ellos llaman a su grupo la Iglesia, de la manera en que los miembros de determinadas organizaciones las llaman la Casa, o los afiliados a ciertos partidos se refieren a éstos como el Partido. Es una manera falaz de apropiarse de todo el espacio. Los católicos celebran encuentros de sus bases juveniles y los denominan con descaro Jornadas Mundiales de la Juventud, pero no dicen que son encuentros de la juventud católica.

La creencia es individual. Bien es cierto que se adquiere en el grupo, pero que se moldea con la experiencia, con la reflexión personal. La creencia puede ser compartida con otros y a la vez puede llevar al creyente a actuar en su grupo en un sentido concreto. Pero la creencia acompaña al individuo. Si este individuo entra o sale de un grupo, su creencia va con él. El grupo (la iglesia) funciona como educador y como apoyo del creyente. Esa es su función. También es su función la de aconsejar al creyente miembro conductas en la vida cotidiana, pautas morales. Pero no debe ser su misión la de convencer al miembro de que fuera del grupo religioso no existe la creencia o las creencias que están fuera son equivocadas. Admiro a los grupos religiosos que no pretenden imponerse como únicos verdaderos, que admiten la libertad de creencia de cada individuo sin expulsarlo de su paraíso o de su catálogo de seres admisibles. Un ejemplo antiguo son los griegos clásicos, envueltos en permanentes guerras unos contra otros, pero jamás por motivos religiosos. Los católicos condenan al ostracismo a un sacerdote que deja de serlo, a una pareja que decide romper su matrimonio (aunque sea para dejar de sufrir), a una mujer que decide abortar un embarazo sin que valga ninguna razón; y sin embargo no se plantea ese ostracismo con católicos responsables de genocidios, dictadores asesinos o explotadores conocidos. Parece que unos preceptos morales valen más que otros en la iglesia católica.

Para mí, la creencia está por encima de la iglesia, igual que la ideología política está por encima del partido. El creyente me resulta mucho más interesante que la iglesia, que no me interesa nada. Me acerco al creyente pero me alejo de la iglesia. Yo, que tengo tan poco de creyente, aborrezco definitivamente a la iglesia.

¿Veremos el día en el que la iglesia católica abandone su descarada arrogancia y acepte que los hombres también podemos ser libres?

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¿Quién va a votar a los partidos de izquierda?

27 de junio de 2011

En Europa ya apenas quedan territorios (no digo ya países) con gobiernos de partidos socialdemócratas o socialistas. El mandato de B. Obama está siendo muy cuestionado y no tiene fácil la reelección después de sus cuatro primeros años de gobierno. Los responsables de los partidos de la izquierda europea se miran unos a otros con sonrisa forzada, preguntándose qué es lo que pasa y si esto tendrá algún día su fin. Pero lo que les preocupa en el fondo es solamente llegar a tener un gobierno entre las manos, no aquello tan profundo de transformar la sociedad.

La sociedad ya se ha transformado. Parece que las sociedades que conocimos en los años ochenta y noventa eran la utopía socialdemócrata en la tierra. Pero han llegado ellos, los hijos de Reagan-Thatcher, y han acabado con el bello sueño. Ya no se puede aspirar a eso. Y lo han hecho imposible con sus mercados y sus agencias de calificación de riesgos. Un país no es más que una empresa muy grande, que pide dinero a los bancos para financiar su actividad y lo va pagando poco a poco. Como cualquier empresa. Y si se puede lanzar una OPA hostil contra una empresa, ahora también se lanzan contra un país. Y no hay intocables.

Así que, si las sociedades del bienestar eran el objetivo, como son algo del pasado ya nadie las quiere. Todos quieren seguir hacia adelante, lo de pagar impuestos para tener buenos servicios es algo obsoleto, caduco, dicen los modernos derechistas. Y los pocos gobiernos de izquierda que quedan no hacen otra cosa más que destruir el estado del bienestar y construir el paraíso de los inversores privados. Si siguen hablando de los servicios y los impuestos, suenan a rancio; si hacen lo que se les manda, suenan modernos, pero nadie les cree: para eso ya están los otros que lo van a hacer mejor. Ningún obrero puede identificarse con el mensaje de los partidos socialdemócratas si éstos hacen (y piensan) lo que mandan los mercados. Olvidémonos de la identificación de una clase con una ideología. De eso ya no queda nada. Ni quedará.

Y entre tanto, los líderes izquierdistas se preguntan cómo re-crear la izquierda. Pero no salen de los clichés viejos: el progresismo, el feminismo, las conquistas sociales. Eso lo dicen en los congresos, pero no lo meten en sus programas porque ahora resulta que suena a viejo, a rancio, a caduco.

Pero no tienen recambio ideológico. Esperemos que no tarden en darse cuenta y presten oídos a las nuevas voces y ojos a los cambios sociales.

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Defensa de los jóvenes

3 de mayo de 2011

Muy a menudo leemos que alguien, quizá una persona de nuestra admiración, se lamenta de que los valores del mundo actual no son ya tan buenos como los que fueron la guía en los años de su juventud. No hablo del hombre o la mujer que repite la frase totémica “si tú hubieras tenido que pasar por lo que yo pase…” en cualquiera de sus versiones. Hablo de personas con criterio profundo, con capacidad demostrada de analizar la sociedad, la historia y a las personas. Acaba de morir Ernesto Sábato y he visto en un documental sobre su figura que en los últimos años hacía una reivindicación de los valores que ya se han perdido. De eso estoy hablando.

Y como Sábato, también Stéphane Hessel, hasta ahora desconocido para mí –y para otros miles-, publica un folleto en el que invita a los jóvenes de hoy a indignarse con el único argumento de que los jóvenes de su generación, allá por los años cuarenta, se indignaron contra una situación de injusticia social. Claro que esa situación era nada menos que la invasión de su país por una potencia extranjera y fascista.

En esa reivindicación de los viejos valores hay siempre un reproche contra los jóvenes, una acusación de falta de valores. Y se hace responsables de eso solo a esos jóvenes, abandonados a una holganza general, a una despreocupación infinita por los asuntos sociales o colectivos. Nunc a me ha gustado eso, porque percibo una trampa en el reproche. Si se reprocha a los jóvenes que no son capaces de hacer las hazañas que sus padres acometieron, se les deja sin defensa posible, porque nunca se verán enfrentados a esas hazañas. Hoy en España se echa en cara a un joven que no colabora tanto en la sociedad como sus padres lo hicieron en los últimos años de Franco o en los primeros de la democracia. Pero es que ese joven no puede ya hacer eso por razones obvias. Así que se le reprocha que no haga algo que es imposible que haga. Respuesta del joven: se aleja del reproche y sigue a lo suyo, ahora con más razón para no hacer lo que se le pide.

Hessel pide a los jóvenes que se indignen ante injusticias del presente. Da por sentado que los jóvenes no se indignan. Quiere que se demuestre esa indignación más vivamente. Y se pone como ejemplo a sí mismo y a sus contemporáneos. Pero él mismo nos dice que ha luchado para salvaguardar la libertad de su país y para dotar a sus ciudadanos de un bienestar económico y de una tranquilidad vital. O sea, ha hecho que sus hijos, y más aún sus nietos, vivan en la despreocupación por la libertad y por la pobreza. Ahora esos nietos ven que se pierden algunas de las conquistas conseguidas. ¿Hay razones para indignarse? Sin duda hay muchas. Pero quizá no sea lo mejor pedir la indignación de los jóvenes argumentando que hace tiempo otros jóvenes se indignaron por algo completamente distintos y por eso mismo son mejores que los de hoy. No quiero aceptar la comparación.

A lo que me he negado siempre es a admitir que una generación sea especialmente incompetente o negada o dormida. Eso tiene que ser falso. Los jóvenes son rebeldes porque esa es su esencia; los jóvenes son jóvenes porque son rebeldes y viceversa. ¿Nos hemos parado a observar cómo son rebeldes los jóvenes europeos hoy? Su apatía, su afición a la diversión momentánea y colectiva, su entrega al consumo de prendas, comidas, músicas o costumbres prêt-à-porter, ¿no son en realidad su indignación, su respuesta frente a un mundo que los aparta de la toma de decisiones, les niega la posibilidad de lucha por algo mejor porque se les da lo mejor, y les reprocha que no sean tan buenos como sus padres? Yo creo que también me daría al botellón si fuera un muchacho. Sería mi muestra de indignación, mi manifestación de rechazo ante cómo se les trata.

La reivindicación de los viejos valores es tramposa: aquellos viejos valores también fueron nuevos y también incomprendidos por la generación anterior. Lo que sucede es que un hombre de setenta años no puede entender cuáles son los valores de los jóvenes de veinte. Y restregarles por la cara lo buenos que éramos entonces no hace sino ahondar la separación.

Y si los jóvenes europeos no se indignan como nos gustaría, será quizá porque los que los han formado, los han criado, los han educado, han fracasado y los han convertido en algo muy parecido a los habitantes de del mundo orwelliano de 1984.

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Gomorra

11 de marzo de 2011

Gomorra, el libro de Roberto Saviano sobre la mafia en Nápoles, no puede ser más que una lectura enormemente aburrida, y sin embargo no se puede abandonar la página por nada del mundo. Un libro sorprendente.

Saviano logra exponer, con un estilo distante y a veces casi de crónica, lo natural del horror. Al leer su libro comprendemos cuál es la clave de la supervivencia de la Camorra: su actividad, aunque esté fuera de la ley, es lo normal, es lo que todos conocen. Son las leyes, los policías y los jueces lo que puede cambiar, lo que es pasajero y casi accesorio. Lo esencial es el control del mundo por parte de la Camorra.

Su presencia se infiltra en cada resquicio de la vida, en lo mejor y en lo peor. Vigilan y controlan el comercio, la sanidad, la droga y su mercado, la prostitución. Y ahora también las mercancías que vienen de China. Los chinos, otros grandes comerciantes, ya saben cómo tienen que vivir en Italia: hay que hacerse amigos de la Camorra.

Saviano es un actor (el libro está narrado en primera persona), pero un actor secundario. Casi siempre es un mero espectador. Este truco, estar dentro pero fuera, es lo que nos tiene seducidos, porque hay una sensación de que vemos ese mundo desde dentro, pero a la vez lo vemos también por fuera. Así podemos conocer los detalles más recónditos de las relaciones entre mafiosos: amistades, lealtades, deslealtades, venganzas, limpiezas. Pero también vemos desde fuera lo que el mafioso nunca ve: la sangre, el horror, el miedo, las consecuencias de su actividad.

Puede uno no leer el libro entero. Hay muchos momentos en los que nos sentimos aburridos o aturdidos de tanto nombre, de tanto crimen, de tanto detalle. Perdemos la línea de lo que se nos quiere contar. Por eso es fácil aburrirse y sentir que no quiere uno volver a coger la lectura del libro. No importa. Aunque no se acabe, el libro también vale. Al fin y al cabo, es una historia que no tiene final y la conocemos bastante bien.

Con la que le ha caído a Saviano, a lo mejor ya no tendremos nunca otro libro de él. Sería muy lamentable. Hace poco he visto su nombre entre los de los asistentes a una concentración política de la izquierda italiana. Respiré, porque me pareció que no es tan implacable la persecución que le tienen puesta. A lo mejor, la Camorra ha entendido que el libro de Saviano es beneficioso para sus cuentas, que el balance entre perjuicio y beneficio les sale a cuenta. Uno nunca sabe.

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La revolución en marcha

2 de enero de 2011

Ya no hay crisis. Esto es lo que todos queremos oír desde hace mucho tiempo, pero parece que nadie se atreve a decirlo. Pero ¿por qué no? Al fin y al cabo, hay mucha gente en todo el mundo que está enriqueciéndose, países que crecen. Todos los entendidos saben y propagan que ya nada será como antes, como cuando América y Europa crecían mucho mucho y sus ciudadanos vivían un sueño de riqueza. Dicen que de eso nada, que tendremos que conformarnos con menos. Pues esto que hay ahora en muchos sitios es menos, o sea, hemos llegado adonde íbamos. Ya no hay crisis.

Supongamos que tengo razón. El resultado del shock producido por tantos meses de crisis, paro y decrecimiento es la sumisión de todos los gobiernos del planeta a los llamados mercados. Estos mercados son los que dan el dinero para poder llevar a cabo las políticas de atención a los ciudadanos, así que podemos decir que todos los gobiernos –y todos los ciudadanos- estamos en sus manos. Los mercados son gente, claro está. Empresas que manejan el mucho o poco dinero de otros ciudadanos que invierten en uno o en otro país. Por eso, no podemos decir que sólo son ricachones, aunque los ricachones también están en este club. Hay gente de los que dicen que sufren la crisis (ya sabes: los de siempre) que tienen sus pequeños ahorros invertidos en agencias de inversión que luego resulta que son los mercados. Los malos. Esto es la globalización. Uno lucha contra la dictadura de los mercados y alza su voz contra la falta de corazón del capitalismo mientras sus padres tienen sus cinco mil euros ahorrados puestos a plazo fijo en ese capitalismo abominable. ¿Quién entiende esto?

El caso es que los políticos de todas partes acuden a la cumbre de Davos y de rodillas suplican un poco de atención, un poco de dinero, un poco de confianza. Los hombres de Davos les dan su bota a besar y les prometen una migaja siempre y cuando se olviden de cuidar a los funcionarios, de mantener a tanto desempleado de sopa boba, de alimentar a jubilados, de curar a todos todos los enfermos. Que se olviden de aquel estado llamado del bienestar.

Y los gobernantes caen, suben, se salvan por los pelos, pierden por la mínima. Cada uno es un mundo.

Esta es la verdadera revolución. El mundo es otro. Los países ricos ya no lo son. Son los países de los ricos. Pero también hay ricos en los otros países: en China, en India, en Turquía, en Brasil. Ya no hay países. Los ciudadanos de todos los países han perdido su riqueza, su seguridad de pensión o de medicina. Eso de cobrar impuestos para alimentar jubilados ya no puede ser. Déjenme todo mi dinero, esa es la consigna de la revolución en marcha.

No hay estrategias ni hay conjuras: han ganado ya. El mundo es suyo. Cuando oyeron aquello del Otro mundo es posible se dijeron que sí y han aprovechado la crisis financiera para dar el golpe final. La revolución ha triunfado. Déjenme todo mi dinero. Los demás, que se queden con las oportunidades.

Hemos perdido sin darnos ni cuenta.

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  • Año 2007 La literatura de Paul Auster, La prensa y la política nacional, etc.
  • Año 2008, primer semestre. Leer a Hermann Hesse, Los izquierdistas en los países ricos, La literatura necesaria, etc.
  • Año 2008, segundo semestre. La solidaridad en unos y otros, Proust, etc.
  • Año 2009 Políticos y periodistas, Corrupción e ideología, Londres y Sherlock Holmes, etc.
  • Año 2010 La política en Facebook, Ejercicios espirituales, etc.
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