Escritos políticos

La unidad de la izquierda

LA UNIDAD DE LA IZQUIERDA Hay asuntos en esto de la política que son categorías aceptadas universalmente y que nadie pretende cambiar. El más destacado es sin duda aquello de que, para lograr sus objetivos, la izquierda debe unirse. Pero no es menos destacado en eso de las verdades universales que la izquierda no puede ni ha podido ni podrá nunca unirse. Una paradoja desgraciada que se toma con resignación.

Desde los primeros pensadores que podríamos llamar de izquierda, aquellos que toman conciencia de la explotación del hombre por el hombre y pretenden una sociedad que supere ese estadio, la izquierda ha estado dividida. Unas veces la división está basada en el procedimiento propuesto para alcanzar la nueva sociedad. Otras, en el diseño de esa nueva sociedad. Siempre hay una gran división según la prisa que se tenga por alcanzar los objetivos. Y, desde luego, la gran división es la que separa a los que se conforman con pasos intermedios de momento y los que quieren el todo o nada.

Es el drama del pensamiento de izquierda, nunca se podrá conseguir la unidad. La división parece ser inherente a la izquierda desde sus orígenes. Pero no se trata de una división de criterio sin más. Se ha llegado al enfrentamiento a muerte. Los comunistas han eliminado literalmente a los anarquistas en muchos momentos y lugares; los radicales de cualquier tendencia han considerado traidores a los demás y los han considerado enemigos. Si es verdad la máxima divide ut regnes, divide para dominar, entonces los adversarios del pensamiento de izquierda pueden estar tranquilos. Su victoria está asegurada por los siglos de los siglos. Y de momento, todo lleva a pensar que es así.

El origen de esta división perpetua y ubicua está en la propia naturaleza de la izquierda. El pensamiento de izquierda es necesariamente un pensamiento crítico, una mirada activa sobre la realidad, lejos del conformismo y de la aceptación. Para llegar al pensamiento de izquierda hay que hacer un viaje, no vale quedarse donde a uno lo han colocado. Esta característica, la necesidad de una visión crítica de la realidad, hace que inexorablemente se llegue a visiones subjetivas, individuales. Habrá tantos puntos de vista como sujetos apliquen su pensamiento crítico a una sola realidad. El pensamiento crítico es la esencia del pensamiento de izquierda, pues una posición acrítica y conformista nunca verá la necesidad de cambiar la sociedad, sino que aceptará la realidad como lo único posible. Esa es una de las claves de la derecha, la aceptación de la realidad como un dogma: toda la vida ha sido así, hay que ser realista, la realidad es tozuda, el mundo no se cambia con las ideas, etc. Cuando se parte de posiciones acríticas y conformistas, no hay viaje, hay adaptación individual al mundo que nos rodea. Esa aceptación es el pensamiento de la derecha. Y puesto que todos aceptan la realidad y los únicos cambios que se admiten son las distintas maneras de adaptarse a esa realidad, es fácil establecer amplias zonas comunes y actuaciones únicas. Por eso la derecha está siempre unida, aunque individualmente se tengan intereses dispares, incluso contrapuestos a veces. Les une una visión común del mundo. La realidad manda y solo hay una realidad, así que mantengámosla y dejemos que evolucione por sí sola, ya se irá adaptando cada individuo.

En la izquierda, la subjetividad es la nota característica. Y la alternativa es que se tome una cosmovisión revolucionaria única. Pero eso lleva siempre al dogmatismo, al sectarismo, a la verdad incontestable. Ahí están los que proponen un credo izquierdista, un diseño de la nueva sociedad único, un procedimiento único. Estos nunca aceptan la crítica a su postura porque la ven como una traición a la nueva sociedad. Sin duda son las posturas más peligrosas de todas, las más nocivas. Son estas posturas dogmáticas las que históricamente han armado con generosidad las reservas argumentales de la derecha, porque siempre han acabado en fracaso, cuando no en masacres, en destrucción masiva, en retrocesos sociales de décadas o de siglos. Hay ejemplos por todas partes, en cada continente. Una visión dogmática unitaria puede llegar a instalarse en el poder, pero solo en forma de dictadura sangrienta y represora. ¿Para qué ha servido entonces tanto pensamiento crítico y tanta visión comprometida? Las dictaduras que se pretenden establecer la nueva sociedad (un modelo concreto de nueva sociedad) siempre han acabado en desgracia y la gente a la que se quería liberar de la explotación ha acabado siempre con esas dictaduras y ha vuelto a las posiciones conformistas, que al menos no castigan a los individuos con la cárcel o con la muerte. Es preferible la desunión, sin duda.

Pero esta desunión esencial y necesaria, ¿impide también necesariamente el logro de los objetivos? Ahí es donde me rebelo contra esa resignación. No puede ser que la división en la cosmovisión crítica nos lleve inexorablemente a no hablarnos, a pelearnos siempre. Es verdad, hay que reconocerlo, que la unidad de la izquierda es imposible. Al menos en los presupuestos teóricos de partida. Pero la izquierda tiene que encontrar puntos de contacto, zonas comunes. Por pocas que sean, por pequeñas que parezcan, son esos objetivos comunes los únicos que se pueden lograr. Un ejemplo son las plataformas o las organizaciónes que tienen un tema concreto de acción: la lucha contra la explotación bancaria a través de las hipotecas, por ejemplo, dio lugar en España a la PAH (Plataforma de afectados por las hipotecas). En las asambleas de esas plataformas puede haber radicales, moderados, socialistas, comunistas, anarquistas, socialdemócratas. Todos dejan de lado la diferencia, que reconocen, para ponerse de acuerdo en objetivos concretos comunes compartidos.

Esa es la única posibilidad de unidad de la izquierda. Habrá que seguir con ese patrón, que sin duda dará éxitos a los movimientos izquierdistas. Las luchas concretas que se planteen serán difíciles y muchas veces muy duras, pero siempre habrá una posibilidad real de lograr el objetivo planteado. Poniendo la acción en un objetivo concreto en cada caso está claro que no se alcanzará la nueva sociedad en una generación, pero se habrá dado un paso en esa dirección. Y cuando se trabaja así, se sabe que los compañeros no piensan todos igual en muchas cosas. Incluso serán rivales en unas elecciones. Pero se trabaja unido.

La izquierda no está dividia, es dividida. La unidad de la izquierda solo se conseguirá estableciendo zonas comunes concretas, olvidando los grandes temas. Esos grandes temas sirven subjetivamente, individualmente, pero no sirven colectivamente.

Texto en pdf

Ricos de izquierdas

Muchas veces hemos oído eso de que no se puede ser rico si se es de izquierda. O al revés, no se puede ser de izquierda si se es rico. Lo dicen habitualmente personas que están en la derecha, y lo dicen para criticar al adversario político.

Caben matices, claro está. ¿Cuánto de rico puede llegar a ser uno sin tener que dejar de ser de izquierda? ¿O cuánto de izquierda está permitido ser según cada tramo de renta? Las preguntas no son irónicas, son de verdad. En el brochazo gordo de la crítica a la izquierda vale siempre todo, especialmente ahora que los de derechas andan desaforadamente orgullosos de serlo. El comentario se basa casi siempre en un supuesto desenmascaramiento de alguien. Si ese alguien dice algún comentario apoyado en los postulados de la izquierda, es más fácil rebatir a la persona que rebatir la idea. Se dice que quien ha hecho la afirmación es rico y asunto liquidado: lo afirmado es inválido, es falso, es pura mentira. El recurso más fácil y más falaz, atacar ad hominem para no tener que esforzarse ni en comprender el argumento ni en encontrar argumentos contrarios.

Pero dejemos eso, vayamos al fondo de la crítica. Eso de enlazar la renta de uno con sus posibilidades en el pensamiento político debería tener una consecuencia inmediata: no se puede ser de derecha si se es pobre. Pero eso nunca se dice, al contrario, se usa como firme argumento para ensalzar cualquier idea derechista. Los pobres incluso la apoyan. Un pobre de derechas, según ellos, es una persona inteligente, que no se ha dejado engañar, que tiene un pensamiento crítico. El rico de izquierda es un embustero, un actor, un falsificador.

Todo esto tiene que ver con la actitud que está ahora tan de moda de denostar las ideologías. Se dice que son algo del pasado, ya superado (aunque no se dice qué las ha superado, qué es lo nuevo que ha sustituido a las ideologías). Se dice que los políticos no tienen ideología y que sirven a intereses económicos propios o de amigos cercanos. Se dice que las ideologías solo han traído desgracias a los hombres, guerras, enfrentamientos y miseria. Pues ya habrá que ir denuciando que la simple afirmación de que las ideologías han sido superadas es por sí misma la base de una ideología. Se trata de acabar con el rival negando su existencia. Quien se crea que no hay ya ideologías, no escogerá una u otra, no indagará, leerá, no estudiará, no intentará descubrir cuál es la más justa, la que más le gusta. Simplemente aceptará que la verdad es lo que le cuentan, sin más crítica. Asunto zanjado: todos compartimos la misma manera de pensar. Las diferencias son solo gustos musicales, preferencias a la hora de comprar, elección de una disciplina deportiva u otra, afición a un equipo o a otro. Por lo demás, en lo referente a cómo debe ordenarse la sociedad, qué valores deben inspirar a la sociedad, cómo aceptamos la desigualdad, cómo intentamos el reparto equitativo de los bienes materiales, todo eso no es significativo.

Pero yo me niego a admitir que no haya ideologías. Es cierto que las ideologías evolucionan y que no se puede ser hoy comunista con los mismos postulados de hace 60 años. Tampoco se puede ser fascista como lo fueron hace 60 años. Pero adaptando esos postulados a la realidad presente, sí habrá diferencias ideológicas y es bueno que las haya, porque así seguirá habiendo una crítica permanente a lo establecido y se seguirá luchando por un ideal de justicia.

Afirmar que una persona con un nivel de renta alto no puede ser de izquierda presupone que esa persona, por ser rico, no puede aceptar una ideología. No es cierto. Cualquiera puede estar dispuesto a renunciar a parte de lo que tiene si eso contribuye al acercamiento a su ideal de justicia. No todos los ricos son explotadores o defraudadores. No todos intentan perpetuar la pobreza del otro. Por supuesto que cualquiera puede hacer suya una ideología izquierdista, aceptando el reparto de la riqueza y la igualdad material entre seres humanos, sea cual sea su nivel de renta. Y por su puesto que puede ocurrir lo contrario, y uno con dificultades económicas puede entender que los valores sociales y políticos que más le gustan son los de la derecha, la igualdad formal de oportunidades de inicio sin contar con los privilegios, el ahorro de impuestos para que cada uno escoja sus servicios sociales, el beneficio privado como motor de progreso.

Si no hubiera ideologías, nada de eso sería posible. Pero hay ideologías, incluida la que postula que no hay ya ideologías, y hay pobres de derechas y ricos de izquierdas. Pese a quien pese.

Texto en pdf

Economía y política: los econoperiodistas

Resumen

Tanto que hablan los economistas en las tertulias y en los foros y parece que hablan de una ciencia política. Pero ni tienen nada de científico ni quieren dar consejos económicos. Lo que predican es una ideología política. Política, sin más.

El texto

Con la mayor desfachatez, un economista puede predecir meses de negro abismo, paro, miseria común, falta de oportunidades, mientras otro al día siguiente puede afirmar que ya hemos tocado fondo, que lo que nos queda por pasar es mejor que lo que hemos pasado.

Están en su salsa. Viven en su momento de gloria, sus años de máximo protagonismo. Su discurso basado en la previsión del futuro, en la nada de nada, es el discurso que da miedo a los presidentes y ánimos a los opositores. Todos los políticos han caído en su trampa, como caen permanentemente en la trampa de los periodistas: piensan que los necesitan. Y así se llenan los partidos de economistas de reconocido prestigio. Qué gran muchedumbre de sesudos contables ha ascendido a la escena política en todos los países. Hoy se mide el éxito que puede llegar a tener un político por el o los economistas que lo acompañan, a los que se llama –dichosos periodistas- fichajes estrella.

Texto completo




El pacto (I)

Resumen

En los años setenta era fácil, al menos en España, saber si se era de izquierdas. Bastaba con sumarse a una de las tendencias teóricas que proclamaban sus programas a las claras. Una visión personal de todo aquello, con tufillo de confesión y huyendo de la nostalgia como de la peste.

El texto

Podía suceder que uno estuviese cómodo con un determinado credo pero no con todo él, sino que encontrara defectos de detalle. Para eso estaban las modalidades de ideología, los apellidos: se podía ser comunista leninista, comunista maoista, comunista trotskista o eurocomunista. Se podía ser anarcocomunista o anarcosindicalista o anarquista tolstoyanista, colectivista o individualista. Era difícil que uno no encontrara el lugar apropiado a su sensibilidad política. Pero todas estas ideologías tenían una definición precisa y podían explicar sus diferencias teóricas con las otras ideologías. Tenían una base filosófica y una aplicación en la realidad, aunque fuese sólo ficticia porque nadie la había puesto aún en práctica.
Una vez que el ciudadano se había definido políticamente, se trataba de defender los postulados de su ideología en todas las conversaciones.
Por entonces, ser de izquierdas era ser anarquista, comunista o socialista. Con matices, todos compartían algunas cosas. Por ejemplo, la persona de izquierdas era antiamericanista y no tomaba cocacola ni iba a las pocas hamburgueserías que había en España. Se miraba con desprecio los triunfos de los atletas estadounidenses en las olimpiadas. Nadie admiraba el modo de vida americano, en el que sólo había defectos y deshumanización.
La persona de izquierdas veía en cambio con buenos ojos a Fidel Castro porque era el hombre que hacía frente al gigante, el que lideraba una revolución contra los Estados Unidos. El régimen de Cuba se defendía a toda costa, negando que hubiera un lado oscuro y resaltando tan sólo la educación y la sanidad universales en la isla. Silvio Rodríguez y Pablo Milanés eran los mejores embajadores: estaban en todas y cada una de las casas de los izquierdistas explicando su mensaje a todas horas. Por la misma razón, se odiaba a todos los dictadores sudamericanos apoyados por los Estados Unidos, en especial a Augusto Pinochet, que llegó a convertirse (por méritos propios, bien es verdad) en el representante de las nuevas formas de fascismo más atroz e inhumano, lo que antes fue Adolfo Hitler. Y por lo mismo, se siguió con mucha atención el proceso revolucionario de Nicaragua, que llevó al poder a un régimen que sintonizaba con el castrismo cubano, expulsando a un tirano corrupto e inepto llamado Anastasio Somoza.
La persona de izquierdas sabía que la España contemporánea era el resultado de una guerra y de una dictadura larga y muy represiva, que aún tenía partidarios: los fachas. Todo lo que se asociaba al régimen de Francisco Franco era repudiado: autoridades, símbolos, la idea de España como unidad indisoluble, el nacionalismo español, el catolicismo y sus formas, etc. También otros aspectos más sociales y menos políticos, como el culto al Real Madrid, el gusto por los toros, la canción española. De manera que podía uno conocer muy bien a un cantante francés o peruano, pero no se podía de ninguna manera conocer a Emilio el Moro o Marifé de Triana. Y los cantantes de éxito se asociaban al sistema y a la producción consumista, por lo que se escuchaba a Mirelle Matieu, pero no a Raphael.

Texto completo




El pacto (II)

Resumen

A partir de los años ochenta, y especialmente tras la caída del imperio soviético, los izquierdistas en los países occidentales van perdiendo la claridad de ideas y se van aburguesando. Pero la necesidad de transformar la sociedad es fuerte y crea nuevas formas de pensamiento de izquierdas.

El texto

La sorpresa fue creciendo cada día. Y la ilusión también.
En un principio yo tenía muy claro que aún seguía aceptando como propios los postulados elementales de la izquierda: la distribución igualitaria de la riqueza, la eliminación de las diferencias de oportunidades, la condena del enriquecimiento personal a costa del trabajo ajeno, etc. Leí entonces algunos libros. Y descubrí algo que me sorprendió. Lo diré a continuación, aun a costa de parecer un ingenuo poco informado, aun a costa de parecer alguien que descubre el Mediterráneo. Descubrí que los movimientos de la izquierda actual eran los movimientos antiglobalización.
Ya he dicho que yo, al igual que otros muchos izquierdistas de mi edad, miraba a estos movimientos con ojos recelosos. No creía que se pudiera tratar de nada serio porque su imagen aparente era la de unos levantiscos muchachos más empeñados en viajar de aquí para allá para tirar abajo señales de tráfico que la de concienciados militantes. Pero entendí en esas lecturas que la globalización no es sólo la difusión general de internet y la eliminación de obstáculos para comunicarse entre sí las personas de puntos distintos del planeta. Se trataba ni más ni menos que de la última generación del capitalismo. Quizá incluso de la forma ideal del capitalismo explotador. Bajo la apariencia de algo moderno y revolucionario, se escondía la expansión de la explotación a nivel planetario, o sea, global. Comprendí que por eso era tan difícil la crítica al sistema, porque habían quitado de nuestra vista la miseria, la habían exportado a otros lugares. Eso era la explicación de que en mi entorno inmediato todo pareciera de color de rosa, los pobres ahora vivían lejos de mí.

Texto completo




Textos de esta página

Sigue Escribir sin papel a través de Facebook.

Licencia de Creative Commons
Textos sujetos a licencia Creative Commons

Envía tus opiniones a este correo: escribirsinpapel.es@gmail.com

Las imágenes de las palabras

Pulsa en la imagen para ver la foto entera.